¿Podemos Autogestionar la Salud en Chile?

En pleno 2020 vivimos una de las mayores pandemias que ha sufrido la humanidad, esto ha puesto en la opinión pública la pésima organización del sistema de salud tanto en Chile, como a nivel mundial, los cuales se han visto sobrepasados por la gran demanda debido al Covid-19. En este contexto nos preguntamos: ¿sería posible autogestionar nuestra salud?

En el año 2005, se promulgó la Ley de Autogestión Hospitalaria. Esta ley plantea que en Chile existen hospitales autogestionados y reconocidos por el Estado. Para ello es necesario que cumplan con 3 postulados: que estén integrados a una red asistencial, que tengan un desarrollo constitucional concreto y que tengan presupuesto autónomo. Sin embargo, en los hechos, la única diferencia sustancial entre estos hospitales y los tradicionales es que los recursos estatales pasan a ser gestionados por privados.

¿Son realmente hospitales autogestionados?

Para responder esta pregunta es necesario ahondar en qué entendemos por autogestión. Desde una perspectiva anarquista, la autogestión es la resolución de las necesidades de una comunidad o colectivo, mediante la autonomía política y económica. A raíz de lo anterior, la autogestión no es una cuestión individual, al contrario, es siempre colectiva. Así, las y los anarquistas aspiramos a plantear una alternativa viable como contraposición al capitalismo mediante diversos intentos de autogestión.

Bajo este criterio, una organización que recibe recursos estatales no realiza autogestión sino cogestión, dado que recibe recursos de una institución que es parte del aparataje estatal y del capitalismo. Más allá de la flexibilidad que pueda poseer esta organización para administrar los recursos, siempre va a existir la posibilidad de que se corten estos recursos, perjudicándola o incluso disolviéndola, delegando en el Estado el futuro de la organización. Entonces,

¿Por qué y para qué autogestionar la salud?

Primero, es necesario reconocer las claras falencias del sistema de salud por el cual nos regimos actualmente. Por una parte, el acceso a la salud es altamente desigual. A pesar de la poca cantidad de clínicas en comparación a la alta cantidad de hospitales, la distribución de recursos, especialistas e incluso la calidad de la atención, es extremadamente poco equitativa.  Esto se evidencia en una mayor prevalencia de enfermedades crónicas en las clases oprimidas, a diferencia de las clases privilegiadas, que tienen mejor pronóstico, calidad de vida y más oportunidades de salvarse en caso de accidente.

Más allá de la inequidad podemos realizar una crítica a la relación médico/a-usuario/a dentro de los hospitales, cuyo sustento se encuentra en el autoritarismo y la obediencia. Estos tipos de relaciones van de la mano con una baja adherencia al tratamiento y, en consecuencia, poca efectividad al momento de solucionar los problemas de salud. El problema de responsabilizar a las/os usuarias/os por no obedecer las órdenes de el/la médico/a, sería solucionado si existiese una relación horizontal en la cual haya entendimiento, de la mano de un mutuo acuerdo en la toma de decisiones respecto al cuerpo y vida de la persona que se atiende.

Por otra parte, es necesario reconocer que las actuales corrientes filosóficas y antropológicas del pensamiento médico surgieron a partir del carácter predominante de científicos/as naturalistas de la medicina del siglo XX, quienes relegaron a segundo plano las consideraciones vigentes de las vertientes psicológica, social y espiritual del individuo como importancia en la enfermedad. A raíz de lo anterior, la estructura de salud occidental actual está separada por sistemas: si te duele el estómago, vas al gastroenterólogo; en cambio si estás triste, vas al psiquiatra. Pero la medicina tradicional no realiza un análisis a través del concepto “biopsicosocial”. Por ejemplo, a María la expulsan del trabajo, llega a su hogar triste y estresada, se pelea con el vecino y, además, se enferma de colon irritable. El concepto “social” va relacionado con su expulsión y la pelea con el vecino, el concepto “psico” con el estrés, y el concepto “bio” con el colon irritable. Este ejemplo evidencia que somos una existencia integral de salud, en donde lo que nos ocurra socialmente va a traspasar este espectro.

Ante estos casos se confirma que la salud es más bien un concepto colectivo, en un contexto donde la interpretación del concepto de salud y enfermedad está marcado por el individualismo, la institucionalidad y el clasismo. Esta concepción conlleva que el tratamiento sea meramente resolutivo y no preventivo.

Al momento de autogestionar la salud es importante revisar el concepto de salud-enfermedad de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que establece que “es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones de la enfermedad”. Bajo este criterio, salud no significa estar lejos de la enfermedad y sentirse sano, sino que la salud también es todo lo que uno/a hace para poder mantener esa condición, ya sea andar en bicicleta en vez de tomar bus o comer una fruta en vez de un alfajor. Es una suma de cambios que se traducen en salud.

Desde esta óptica es fundamental crear instancias educativas que permitan cambiar el paradigma actual de las personas frente a la forma de interpretar este concepto, creando espacios de reflexión colectiva en torno a la salud preventiva.

Actualmente, la falta de conocimiento respecto a las propiedades medicinales de ciertas plantas deja un vacío que la industria farmacéutica ha sabido aprovechar. Por ejemplo, ante un dolor de cabeza muchas/os consumen una aspirina, en lugar de tomar una infusión de cáscara de sauce, que cumple exactamente la misma función. Plantas que uno/a mismo/a podría plantar, son convertidas en pastillas o jarabes para la reproducción de capital, invisibilizando el conocimiento y permitiendo una mayor dependencia a la industria capitalista por parte de la población. Ante lo anterior, surge la necesidad de conocer nuestro entorno natural para aprender de los recursos que tiene para brindarnos, y aprovecharlos sin la necesidad de intermediarios/as.

A través de años de estudio de su entorno, tribus en el Amazonas lograron determinar desde qué plantas servían para el dolor de huesos hasta la extracción necesaria entre una planta y una liana para producir la Ayahuasca. En el Amazonas, donde existen más de 8700 especies diferentes de plantas medicinales, fueron capaces de encontrar una combinación entre 2 de ellas. La inmensa cantidad de ensayo y error que tuvieron que hacer es un conocimiento sistemático, es ciencia. Ellas/os fueron las/os primeras/os científicas/os.

Existe la constante discusión respecto a la función social de la ciencia, considerando la gran cantidad de nefastas aplicaciones que ha tenido. Sin embargo, es necesario distinguir el uso social que se le da actualmente, con la potencialidad que tiene ese conocimiento. Que los hornos industriales hayan sido utilizados para la quema de judíos/as en la segunda guerra mundial, no quiere decir que los hornos industriales sean malos. Al contrario, son bastante eficientes. Fue la aplicación social y política de estos hornos la que conlleva un acto adverso.

La ciencia, a través de la sistematización del conocimiento tradicional mediante el método científico, nos entrega enormes herramientas para afrontar nuestros problemas. No basta con que “una tía” nos haya recomendado tomar un té de cierto árbol. Mediante la ciencia como herramienta confiable, nos aseguramos de que el té funcione y, primordialmente, que sea seguro. Y no es que una/o no confíe en “la tía”, básicamente la medicina es tan válida como la sabiduría antigua que al igual que la ciencia, esta se basa en probabilidades. La sistematización del conocimiento nos permite saber qué tan probable es que nos haga bien o que nos enferme aún más.

El poder del chamán era “comunicarse con el alma” a través de las plantas, los pensamientos y emociones. Técnicamente la ciencia hace lo mismo; por un lado, la naturaleza mística, y por el otro, lo que las/os químicas/os llaman fitocomplejo. Lo que el chamán concibe como el espíritu de la planta para nosotras/os es un aceite esencial.  Ese “comunicarse con el alma” del chamán, las/os científicas/os lo hacen con metabolitos vegetales, específicamente con alcaloides como el cefalmin y el viadil o terpenos como el THC, el mentol y el limonelo. De alguna forma, estamos comprendiendo y comprobando lo que decía el chamán.

En consecuencia, agarrando el conocimiento ancestral y llevándolo a la medicina basada en evidencia, generamos conocimiento que podemos utilizar provechosamente, ya sea en establecimientos de alta complejidad o mediante el autocultivo, generando instancias de salud en nuestras casas, patios, balcones, en nuestros entornos y comunidades.

Ahora bien, la capacidad autogestionaria de una comunidad es directamente proporcional a la capacidad organizativa existente en esta. Comprendiendo esto es necesario ir de lo simple a lo complejo. Estas organizaciones autogestionadas de la salud deben, en una primera instancia, realizar actividades de promoción de salud y educación sanitaria, hacer que la población tome conciencia de lo importante que es el trabajo, la alimentación y la rutina para uno/a mismo/a. Paralelamente, a medida que se consolidan las organizaciones, se pueden realizar actividades de identificación y control de factores de riesgo, como hipertensión, diabetes, etc.

Sin embargo, la aspiración de estas organizaciones es apelar a un nivel organizativo mayor, coordinar consultorios o policlínicos autogestionados, pero siempre manteniendo relaciones horizontales donde la gente tenga capacidad de tomar decisiones respecto a lo que le acontece y comprendiendo que la salud no solo depende de una/o sino del entorno, del trabajo, del estilo de vida, etc. A lo largo de todo este proceso el equipo médico debe generar un vínculo con la comunidad en la que participa más allá de la consulta médica. Debe insertarse en la comunidad, conocer a las familias, sus trabajos y su contexto biopsicosocial completo. De esta manera, dependiendo de los intereses de las distintas individualidades o comunidades, se puede abrir la oportunidad a otras formas de hacer medicina más allá de la occidental, como la medicina mapuche, china, etc.

Posteriormente, una vez establecida una red de consultorios autogestionados, sería necesario establecer diálogo con organizaciones sindicales con el fin de poder acceder a máquinas de escáner o de RMN (resonancia magnética nuclear) manejadas por clínicas y hospitales. Una vez alcanzada una sólida red de consultorios, solo quedaría expropiar, por las vías necesarias, los centros y hospitales al Estado y los privados.

Entonces, para poder autogestionar cualquier necesidad es necesario organizarnos con nuestros pares en nuestros espacios. Ninguna solución será individual o sencilla y mucho menos caerá del cielo gracias al aparato estatal. No existe ninguna receta para alcanzar la revolución, sino que, mediante el permanente ensayo y error, tomando provecho de herramientas como el método científico y, principalmente, mediante una organización seria y constante, podremos transformar esta sociedad, desde la salud hasta los modos de producción y distribución.

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