Mis Padres y Mis Hijos de Samanta Schweblin

Schweblin no narra una historia de extravío: narra la fragilidad de los sistemas que inventamos para no perdernos.

por Francisco Farías Mansilla.

“Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón.”

Jeremías 29:13

Mis Padres y Mis Hijos”, de la escritora argentina Samanta Schweblin, incluido en su libro “Siete Casas Vacías” (2015), narra el extravío de dos niños en una casa de veraneo donde se reencuentran una expareja y la nueva pareja de la mujer, junto a los abuelos paternos. El episodio se desencadena tras una escena tan grotesca como perturbadora: los abuelos, desnudos, juegan en el patio trasero bajo el agua de una manguera, ajenos al orden familiar, a la norma social y al código moral que rige a los adultos “responsables”.

Como buena narradora de cuentos, Schweblin presenta la pérdida de los niños como una primera capa narrativa que activa la historia. Pero esta pérdida no opera solo como evento dramático, sino como dispositivo simbólico: no se trata únicamente de hijos extraviados, sino de aquello que se pierde cuando una estructura familiar se fragmenta. La búsqueda funciona entonces como una plataforma que permite observar las tensiones latentes entre la expareja: los reproches cruzados, las culpas desplazadas, las fisuras en la lógica del cuidado, la fragilidad del pacto parental.

En esta misma capa aparece la figura del nuevo hombre -la actual pareja de la mujer- como operador de lo nuevo: es quien arrienda la casa, quien trae a los niños en su auto, quien ocupa un lugar que ya no pertenece al narrador. Desde esa posición narrativa, el relato se articula desde un punto de vista específico: el del hombre desplazado. La voz masculina se sitúa en un lugar de derrota social y simbólica, donde la vida continúa, pero ya no lo incluye como centro. No es solo una pérdida amorosa: es una pérdida de estatuto, de función, de lugar.

Los abuelos paternos introducen una capa distinta. Su “locura” no es meramente grotesca: funciona como una ruptura del código normativo que organiza el amor, el deseo y el cuerpo en la vida adulta. Viejos, más próximos a la muerte que al rendimiento, sus cuerpos ya no tienen nada que demostrar. No compiten, no representan, no cumplen. En ese sentido, encarnan una forma de vínculo liberada de mandato, de economía del prestigio, de capital erótico. No son ejemplares: son, más bien, exteriores al sistema.

La pregunta “¿qué hay entre los padres y los hijos?” atraviesa todo el relato. Los niños se pierden, pero también los abuelos están perdidos. Esa doble pérdida instala una tarea común: buscar. Y las tareas, como organizadores del lazo, cumplen una función precisa: ordenan, convocan, agrupan, estructuran. La búsqueda se transforma así en una forma transitoria de cohesión vincular. Mientras hay tarea, hay sentido. Cuando la tarea se resuelve, emerge el vacío, el aburrimiento, la desorientación. La pareja esté junta o separada importa poco: la estructura necesita siempre una nueva tarea para sostenerse.

Schweblin construye un recorrido breve pero denso entre búsqueda, pérdida y recriminación. Entre aquello que se rompe y aquello que se reconfigura. Entre lo que fue, lo que ya no es y lo que todavía no se sabe qué será. En este marco, los abuelos y los niños funcionan como un espejo de doble cara: dos momentos de la vida con menos exigencias, menos mandatos y menos tareas. Dos momentos donde no hay nada que buscar, porque todavía -o ya- no se ha perdido nada esencial.

Así, Mis Padres y Mis Hijos no es solo un cuento sobre una desaparición momentánea. Es una arquitectura de capas: sobre la pérdida, sobre el deseo, sobre el cuerpo, sobre la familia, sobre la norma, sobre el tiempo y sobre la tarea como forma precaria de sentido. Schweblin no narra una historia de extravío: narra la fragilidad de los sistemas que inventamos para no perdernos.

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