Cuando Todo es Revolucionario, Nada lo Es

Micropolítica, amor y la captura capitalista de la revolución.

por Cata Pizarro.

Les dejo la siguiente imagen que vi el otro día:

Ahora, la siguient cita:

“Una reflexión sobre cómo el pensamiento se ha vuelto un gesto revolucionario en una época que prefiere el automatismo”

¿Qué ven en común?

Es claro que estamos hablando de “actos revolucionarios, pero ayer me comencé a preguntar: ¿Qué es realmente un acto revolucionario?, ¿Qué entendemos por revolucionario?

Me gusta explicitar en lo que escribo, cómo llegué a concretar esto que están leyendo en palabras, el proceso mental detrás de lo que planteo como tesis y análisis de este artículo. Entonces, ante las preguntas que dejo más arriba, comencé a reflexionar sobre mi vida misma y cómo yo también reproduzco ese discurso “revolucionario”, que “lo cotidiano es político” y por ende ¿también revolucionario? Posteriormente pensé en que quizás está un poco manoseado el término “revolucionario”, lo empecé a unir a la Revolución que postulaba Marx y Lenin, pero me quedaba corta, porque no quería enfocar mi línea de pensamiento por lo sectario, quería darle un giro más analista desde nuestros tiempos.

Por lo mismo, dejé que la idea macerara en mi cabeza durante la noche, y hoy en la mañana me puse a buscar bibliografía que me permitiera comprender un poco más este fenómeno. Así, llegué a varixs autorxs, que iré citando en este artículo, que creo dan en el clavo para comprender mis preguntas.

Hoy en día, todo parece ser un acto revolucionario: pensar, amar, llorar, ser intenso, dormir temprano, tomar agua, etc. Pero ¿cuándo esto deja de ser un concepto político y se convierte en una estética? Aquí no se necesitan grandes análisis ni búsquedas bibliográficas para comprender que, y volvemos al causante de todos nuestros males, el culpable es el capitalismo. Justamente estos días leí un artículo bastante interesante, que planteaba esta idea de que el capitalismo no reprime todas las críticas, selecciona algunas, las transforma en valor económico y se fortalece a partir de eso. El problema está, en que nuestro archienemigo, tiene tantas contradicciones que son potenciales crisis, que termina convirtiendo incluso un acto tan esencial del humano, como es el amor, en una estética integrada al capitalismo emocional y cultural. Por esto mismo, entonces, “amar es revolucionario”, “pensar es revolucionario”, etc.… porque más allá de ser un acto verdaderamente revolucionario, ya ahondaré en eso, se termina transformando en algo que el capitalismo ama, hablo de discurso motivacional, identidad estética, contenido, branding moral, marketing.

Por lo mismo, debemos comprender primero, por qué el capitalismo, por consecuencia el poder, está tan presente en nuestra vida. Foucault (1977) nos hablaba de la «microfísica del poder», un concepto que intenta explicar que el poder no viene dado exclusivamente del patrimonio del Estado, ni de un grupo que lo ejerce sobre otro o de una clase sobre otra. Para Foucault, el poder es local, capilar, circula a través de las personas. ¿Qué quiere decir esto? Que está más presente en nuestra cotidianidad de lo que creemos. Es por eso que el poder no solo busca reprimir, sino que también produce y reproduce sujetxs. De ahí que se entiende un poco más por qué habla de esta red capilar, ya que el poder atraviesa cuerpos, discursos, afectos, saberes, hábitos (un poco de biopoder vemos aquí también).

Entonces, si el poder circula en lo cotidiano, entonces el capitalismo no puede entenderse únicamente como un sistema económico, sino como una forma específica de organizar esa circulación del poder, especialmente sobre los cuerpos y la vida. Aquí entra Silvia Federici (2018), a darle el giro político a la teoría de Foucault, ya que la autora plantea que lo cotidiano no es simplemente un espacio donde el poder circula, sino el lugar donde el capitalismo se reproduce materialmente día a día. Federici retoma este concepto que nace desde las teorías feministas de que “lo cotidiano es político”, al destacar que las actividades diarias, como el trabajo doméstico, el cuidado de niños, personas con dependencia y personas mayores, son fundamentales para la reproducción de la vida y han sido históricamente invisibilizadas y devaluadas bajo el capitalismo.

Estas actividades, que producen nuestra existencia, están profundamente vinculadas a las estructuras políticas y económicas, por lo tanto, sutransformaciónes esencial para una práctica revolucionaria. Entonces no es solo: «amo, cuido, pienso, entonces soy revolucionarix«. No es que tildarse de revolucionarix esté mal, pero hay una línea delgada entre amar y amar revolucionariamente. Es decir, y les doy un ejemplo:

La clase alta, dominadora, la élite, llamémosle como queramos, también ama, cuida, cría, piensa, sin embargo, no se autodenominan revolucionarixs por eso (a no ser que sean presos de este marketing sobre el concepto de revolución que crea el capitalismo). Pero en esencia, no cuestionan ni transforman las condiciones estructurales que sostienen su privilegio, incluso muchas veces la reproducen.

Ahora bien, unx proletarix, trabajador/a, etc, también ama… pero, ¿cuándo comienza a ser eso revolucionario? Es cuando realmente, ese amor transforma las condiciones, o sea, yo (personaje hombre hetero-cis) amo a mi polola, pero ese amor también conlleva a que yo comprenda que mi polola es mujer y que debo repartir las tareas domésticas, de reproducción, etc y cómo eso también lo llevo a la militancia. Claramente eso es algo a nivel muy nuclear y cotidiano, pero ¿cómo logro que ese micro acto político, transforme verdaderamente las estructuras sociales y sea revolucionario?

Hay una diferencia entre amar dentro de las relaciones existentes y amar transformando esas relaciones. Por eso, Federici plantea que la revolución no solo implica un cambio en las estructuras de poder, sino también en las formas de reproducción social y en la manera en que las personas organizan su vida cotidiana. Para ella, la revolución comienza en el «punto cero» de la reproducción, donde se cuestionan y transforman las actividades y relaciones naturalizadas bajo el capitalismo. Ante esto, argumenta que es necesario superar la división entre producción y reproducción, colectivizar el trabajo reproductivo y reconstruir los comunes para construir una sociedad basada en la cooperación, la solidaridad y el cuidado. Eso fácilmente se puede extrapolar a lo que he estado planteando en este artículo, es decir, a amar, pensar, ser intensx, etc., porque si buscamos una sociedad basada en estos principios, que digámoslo, son principios básicos, la ayuda mutua, la asociación voluntaria, toma de decisiones igualitaria, son tan antiguos como la humanidad. Por eso me refiero a que se considera revolucionario a actos o principios tan esenciales de nuestra existencia, que debemos tener cuidado en confundir actos micro-políticos con actos revolucionarios.

Porque, que algo sea político no lo vuelve automáticamente revolucionario. Amar no es por sí mismo un acto subversivo, ya que también aman quienes sostienen el orden. La diferencia aparece cuando ese amor transforma las relaciones que lo atraviesan, quiero decir, que cuando amar implica redistribuir el trabajo doméstico, cuestionar el patriarcado, politizar el cuidado, organizarse colectivamente, ahí realmente estamos haciendo un acto revolucionario. Podríamos resumirlo en que debemos practicar el amar como práctica militante, no como slogan.

Quizás amar, sentir y pensar sí pueden llegar a ser revolucionarios, pero sólo si se colectivizan y rompen jerarquías. Me gusta plantearlo así, porque personalmente me baso mucho en las teorías anarquistas para poder comprender el mundo. Y no tan solo comprenderlo, sino que buscar la libertad a través de esto, mediante la praxis por supuesto. Entonces, mientras leía llegué a un artículo de Graeber y Grubacic (2012) en donde citan al Colectivo Crimethink que dicen: “la libertad sólo existe en el momento de la revolución. Y esos momentos no son tan excepcionales como piensas”. Es precisamente eso, el hecho de sólo intentar crear experiencias de no alienación, de democracia verdadera, de actos verdaderamente revolucionarios, es un imperativo ético de todx anarquista.

Finalmente, tal vez el problema no es que llamemos revolucionario a todo, sino que el capitalismo ha aprendido a sobrevivir convirtiendo incluso lo revolucionario en parte de su combustible simbólico.

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