Cuando Hablábamos con los Muertos de Mariana Enríquez
Un cuento breve, oscuro y profundamente conmovedor que desdibuja los límites entre el terror y la realidad.
“Cuando Hablábamos con los Muertos” de Mariana Enríquez, publicado en su libro “Los Peligros de Fumar en la Cama” (2009), narra la historia de cinco amigas adolescentes que, impulsadas por la curiosidad frente a lo desconocido, comienzan a experimentar con una Ouija. En un principio, el juego parece sencillo, contactar a quienes ya no forman parte del mundo terrenal y obtener respuestas sobre el destino de sus espíritus. Sin embargo, aquello que comienza como una práctica adolescente marcada por el misterio y la fascinación pronto adquiere una dimensión mucho más compleja y perturbadora.
A medida que avanza la narración, las preguntas dirigidas a los muertos dejan de relacionarse exclusivamente con lo sobrenatural y comienzan a vincularse con las ausencias provocadas por la dictadura militar en argentina. De esta manera, el relato se desplaza desde el terror tradicional hacia una reflexión sobre la memoria, el silencio y las heridas históricas que continúan presente y la Ouija deja de ser únicamente un objeto asociado al mundo paranormal para transformarse en un medio simbólico a través de la cual las protagonistas intentan acercarse a aquello que les ha sido negado o transmitido de forma fragmentaria.
Otro elemento interesante es que las adolescentes pertenecen a una generación que no vivió directamente los años de la dictadura, pero que creció rodeada de relatos incompletos, preguntas sin respuesta y ausencias difíciles de nombrar. Desde esta posición y sin querer se inmiscuyen en un pasado que perciben como distante y, al mismo tiempo, profundamente presente en la vida cotidiana. La necesidad de contactar con los muertos puede interpretarse como una metáfora de la búsqueda de verdad frente a una historia marcada la violencia institucional y la desaparición.

“Cuando Hablábamos con los Muertos” es un cuento breve, oscuro y profundamente conmovedor que desdibuja los límites entre el terror y la realidad. Mariana Enríquez construye una historia donde lo inquietante no radica únicamente en la posibilidad de comunicarse con las y los muertos, sino en aquello que permanece presente a pesar del paso del tiempo.
El relato deja una sensación de inquietud persistente, recordándonos que existen ausencias que continúan habitando el presente y que, por más que se intente silenciarlas, siempre encuentran la forma de regresar.
