Dignidad por Partes, Entrevista a Ítalo Latorre
La dignidad ha significado cosas muy distintas según la historia, quién la diga y desde dónde se enuncie.
Revista Libertaria conversó con Ítalo Latorre-Gentoso, psicoterapeuta, escritor y cofundador de PRANAS Chile (junto a Carolina Letelier), espacio que desde 2009 desarrolla procesos de formación, acompañamiento e investigación en “prácticas narrativas”. Su trabajo se ha caracterizado por construir una propuesta que dialoga críticamente con los discursos dominantes de la psicología, promoviendo formas de acompañamiento que desplazan a las miradas estructuralistas e individualizantes sobre las experiencias de vida de las personas. Inspiradas en los aportes de Michael White y David Epston, las prácticas narrativas que impulsa PRANAS se entrelazan con los contextos sociales, políticos y culturales, abriendo conversaciones que cuestionan los regímenes hegemónicos de verdad y las relaciones de poder que sostienen las múltiples formas de opresión.
A propósito de su libro “Dignidad por partes – Reflexiones en torno a la ética del cuidado”, conversamos con Italo, sobre la dignidad, la construcción colectiva de la vida y la importancia de seguir imaginando otros mundos posibles desde la colaboración, el cuidado y las distintas formas de resistencia.
¿Quién es Italo Latorre?
Casi nadie me conoce. Bueno, mi nombre es Ítalo Latorre-Gentoso o Gentoso Latorre, me da un poco lo mismo el orden. Me he dedicado a la psicoterapia, o más bien al trabajo en contextos de psicoterapia y contextos clínicos, pero desafiando los presupuestos de la psicoterapia misma y de la clínica misma.
A partir del trabajo de Michael White y David Epston, especialmente desde la práctica narrativa o terapia narrativa, me he dedicado a buscar, junto con Carol Letelier, formas de traducir estas ideas a los contextos locales. Somos cofundadores de PRANAS y hemos intentado enseñar y conversar estas prácticas en nuestros propios términos, con nuestras palabras. De ahí surge también el libro “Dignidad por Partes” y un nuevo libro que estoy a punto de terminar, “Doler es un Logro Colectivo”. Este último ha sido mucho más trabajoso. “Dignidad por Partes” lo escribí en dos semanas, en un estado de urgencia, poco antes del aniversario número cincuenta del golpe de Estado en Chile. Se me vino una avalancha de ideas; simplemente empecé a escribir y apareció el libro.
En cambio, “Doler es un Logro Colectivo” llevo años escribiéndolo. El año pasado dejé todo lo anterior en archivos aparte y abrí un documento en blanco para comenzar prácticamente desde cero. Tenía tanto escrito que organizarlo era más difícil que volver a escribirlo. Las ideas fueron apareciendo nuevamente en el proceso de escritura.

¿Qué es para ti la dignidad?
La dignidad, igual que cualquier otro concepto, es una palabra que hace que imaginemos el mundo de determinadas maneras. Pero la palabra «dignidad» ha significado cosas muy distintas según la historia, quién la diga y desde dónde se enuncie.
Hay dignidades clasistas, dignidades de los reyes, dignidades plebeyas, el famoso «pobre, pero digno». Es una palabra muy utilizada, pero que por sí sola no garantiza absolutamente nada. Lo mismo ocurre con palabras como libertad, provida o ternura. Son palabras que suenan bonitas y precisamente por eso pueden ser muy peligrosas, porque muchas veces se usan sin pensarlas.
A propósito del estallido social de 2019, la palabra dignidad apareció con muchísima fuerza. Para mí ese proceso marcó un antes y un después en mi vida. Además, yo ya traía esa palabra desde una conversación con David Epston, quien alguna vez nos dijo que en Latinoamérica la palabra «dignidad» sonaba distinta al dignity en inglés, tenía un peso popular, histórico, algo muy particular. Durante el estallido apareció Plaza Dignidad, la consigna «Hasta que la dignidad se haga costumbre» y, al mismo tiempo, comenzó una ofensiva para ridiculizar la palabra desde un discurso profundamente clasista. Entonces pensé que había que llenar esa palabra de contenido. Había que conceptualizarla, contar historias sobre lo que la dignidad podría llegar a ser. No comencé definiendo la dignidad. Empecé escribiendo imágenes, especialmente relacionadas con el acceso a la belleza. El primer texto fue un post de Instagram que decía, “Dignidad-acceso y tiempo para la belleza». Luego aparecieron otros, acceso y tiempo para crear belleza, acceso y tiempo para contemplar los cambios, acceso y tiempo para participar de los cambios.
El tiempo es una experiencia profundamente capturada por el capitalismo neoliberal y el patriarcado. Nuestra relación con el tiempo está organizada al servicio de ciertos intereses y formas de vida. La idea del acceso a la belleza surgió mientras esperaba atención en un centro médico. Estaba leyendo a Paul B. Preciado y, rodeado de personas enfermas, sintiéndome también mal, experimenté una enorme belleza en ese texto. No era una belleza intelectual, era una experiencia de imágenes, de sensibilidad. Ahí comprendí que incluso en un espacio tan hostil podía existir esa experiencia. Así comenzó el libro, desde imágenes, experiencias, historias de terapia, recuerdos personales, escenas de la vida cotidiana y acciones pequeñas de personas comunes. Después me di cuenta de que necesitaba una definición que atravesara todo el libro, entonces apareció una idea muy simple, ningún ser vale menos que otro. Es una afirmación que incluso me da vergüenza tener que decir por lo básica que parece. Pero, lamentablemente, en el contexto político, social y cultural en que vivimos sigue siendo una afirmación profundamente radical. Vivimos en un mundo que fabrica identidades precarias, binarios y jerarquías, hombre o mujer, blanco o negro, nacional o migrante, documentado o indocumentado, adulto o niño. Frente a todo eso, la dignidad afirma el valor de la existencia de todos los seres que forman parte de la vida.
Por eso sostengo que el opuesto de la dignidad no es la indignidad, porque la indignidad no existe. El verdadero opuesto es la indignación. La indignación es el acto de reclamar una dignidad que está siendo transgredida.
Después comprendí otra cosa que desarrollaré más en mi próximo libro, tampoco tiene sentido hablar de «dignificar» a alguien. Si todos los seres poseen dignidad por el solo hecho de existir, entonces nadie puede otorgársela a otro.
Lo que sí podemos hacer es reconocer esa dignidad, honrarla, respetarla, celebrarla, cuidarla o, por el contrario, transgredirla mediante prácticas abusivas. Pero una persona nunca deja de ser digna, lo que ocurre es que su dignidad puede ser violentada. Desde ahí también surge la idea de que doler es un logro colectivo. Del mismo modo, indignarse también es un logro colectivo.

En el libro hay una invitación permanente a la acción colectiva ¿Era esa tu intención?
Sí, absolutamente. Siempre soy un poco cauteloso con este libro porque siento que es mejor persona que yo. Es una propuesta profundamente imperfecta, pero muy libre. Y cuando digo libre no quiero decir poco rigurosa. Todo lo contrario. Es el resultado de muchos años de trabajo, de experiencias clínicas, de conversaciones, de mi propia vida. Pero está escrito desde un lugar de colaboración. Por eso los capítulos son tan breves, siempre imaginé este libro siendo leído en juntas de vecinos, en talleres, en espacios comunitarios donde las personas pudieran leer dos o tres páginas y luego continuar la conversación entre ellas. Yo dejo la idea abierta a propósito, no quiero cerrarla. Lo que espero es que otras personas continúen escribiéndola. Porque, además, estas ideas no son mías, son el resultado de todo lo que he aprendido de muchísimas personas, de quienes he acompañado en terapia, de quienes quiero, de los animales, de los paisajes de Chiloé, del mar, de la luz, todo eso está contenido en el libro.
No hay opción de que la vida no sea colectiva. Lo colectivo puede negarse discursivamente o puede reconocerse, pero siempre está ahí.
Todo lo que hago es posible porque hay muchas otras personas haciendo otras cosas que sostienen mi vida. Puedo invisibilizar esas contribuciones o puedo reconocerlas para situarme éticamente dentro de esa red de relaciones. Pensar que todo lo que uno logra es únicamente producto del mérito individual es desconocer el trabajo de quienes limpian las calles, hacen el aseo, cuidan, acarician, atienden con amabilidad o realizan pequeños gestos cotidianos que hacen posible la vida.
En el libro hablo también de la reciprocidad indirecta, inspirada en una experiencia con mi vecina Nancy Guzmán, ella me dijo: «Yo te cuido las plantas y después tú le cuidas las plantas a otra persona». Esa idea me mostró que la reciprocidad no necesariamente es directa. Vamos construyendo el mundo mediante contribuciones que circulan entre muchas personas. Pero también ocurre con la reciprocidad lo mismo que con la dignidad, es una palabra que puede ser capturada por el capitalismo. Por eso necesitamos apropiarnos de estos conceptos y transformarlos en prácticas concretas que no funcionen como una policía de la ética, sino que abran espacio para la imperfección, la rendición de cuentas y la posibilidad de seguir construyendo juntos.
¿Por qué, Dignidad por Partes?
No estoy completamente seguro del origen del título, aunque creo saberlo, es una imagen más bien literaria. En un comienzo el libro se llamaba “Dignidad por partes, Un proyecto de restauración”. Sin embargo, la editorial me pidió cambiar esa bajada porque temían que en las librerías no supieran dónde ubicar el libro, incluso podía terminar en la sección de arquitectura. La verdad es que no me habría molestado.
La idea de la restauración era muy importante para mí, hay una imagen que nunca había contado públicamente, la palabra «Dignidad» de la portada la diseñé yo mismo, está alargada y quebrada, y en mi imaginación representa el Palacio de La Moneda bombardeada. El libro fue escrito para la conmemoración de los cincuenta años del golpe de Estado, y esa imagen simboliza el bombardeo a la dignidad, a ese proyecto de país que intentó construirse. Cuando algo es bombardeado queda hecho pedazos. La imagen que me acompañó durante la escritura era la de ir recogiendo esos fragmentos uno por uno, observar dónde pertenecían, reconstruir los que faltaban, tratarlos con cuidado y restaurarlos poco a poco. En ese sentido, el libro es precisamente eso, una selección de fragmentos de las relaciones de poder que atraviesan nuestra vida cotidiana. A partir de ellos propongo formas de pensar esas relaciones desde la dignidad, la rendición de cuentas, el cuidado, la ternura y el consentimiento.

¿Cómo dialoga tu propuesta con la memoria y las luchas sociales?
Creo que esa es una pregunta que deberían responder quienes participan de las luchas sociales y han leído el libro, no sé realmente cuál ha sido su impacto. Lo que sí puedo decir es que este libro está profundamente inspirado por las luchas sociales, más que pretender inspirarlas, nace de ellas.
También es un libro sobre la memoria, pero no únicamente una memoria del pasado, me gusta pensarla como una memoria de futuro, una memoria que mantenemos delante de nosotros para impedir que ciertas violencias vuelvan a ocurrir y para ayudarnos a construir otras formas de vida.
Sería un honor saber que este libro dialoga con quienes participan en procesos de transformación social. Sé que algunas personas lo han leído en Chile, en México y en otros lugares, pero nunca se sabe realmente el recorrido que hace un libro.
Mientras escribía, por ejemplo, veía muchas entrevistas a Luisa Toledo, escucharla era profundamente conmovedor, había en ella una esperanza encarnada, una esperanza inseparable de la lucha y de la posibilidad de construir justicia. También me marcó profundamente la forma en que durante el estallido social se instaló el discurso de que «la violencia es mala venga de donde venga». Ese discurso borra las relaciones de poder y confunde violencia con abuso, como si fueran lo mismo. No distingue entre la violencia ejercida desde los aparatos del Estado y las respuestas de quienes resisten esa violencia, desde ahí se termina criminalizando toda forma de lucha social. Todas esas experiencias alimentan este libro.
En ese mismo sentido, la terapia narrativa también proviene de las luchas sociales. Michael White desarrolló muchas de sus ideas inspirado por movimientos como la oposición a la guerra de Vietnam y posteriormente por autores como Michel Foucault, que permitieron comprender cómo operan las relaciones de poder en la vida cotidiana.
Por eso diría que la terapia narrativa está mucho más nutrida por las luchas sociales que por la psicología tradicional, la psiquiatría o los modelos clínicos convencionales. Y, paradójicamente, justamente por eso también constituye una forma de acompañamiento profundamente potente.
A cincuenta años del golpe de Estado, ¿qué sigue en juego respecto de la dignidad?
Es una pregunta enorme y no estoy seguro de ser la mejor persona para responderla, pero puedo compartir cómo la pienso. Yo provengo de una familia conservadora, durante mi adolescencia y los primeros años de mi adultez también fui bastante conservador. Fue en la universidad, al conocer a Carol Letelier, Juan Rodrigán, Claudio Garbizo y muchas otras personas, cuando comenzaron a remecerse mis certezas y empecé a moverme hacia otros lugares éticos y políticos. En mi casa no se hablaba de la dictadura. No crecí con esa historia incorporada desde la infancia, precisamente por eso siento que abrazarla fue una decisión consciente, una decisión ética. Comencé a conocer una historia que nunca me habían contado y comprendí que muchas personas sostienen posiciones conservadoras porque crecieron escuchando otra versión de los hechos, una historia profundamente distorsionada.
Creo que los procesos sociales son largos, se parecen más a un caracol que avanza lentamente, retrocede, vuelve a avanzar y sigue transformándose.
La actual respuesta neoliberal, neofascista, patriarcal y ultraconservadora que estamos viviendo habla, paradójicamente, del éxito que han tenido las resistencias. Y cuando hablo de resistencia no me refiero únicamente a resistir la violencia física, hablo de la creación de mundos nuevos, de formas diversas de vivir, de habitar, de amar y de organizar la existencia. Todo ese movimiento ha sido tan significativo, que el poder hegemónico necesita reorganizarse para defender el orden que siente amenazado.
Ese contraataque ocurre mediante gobiernos, medios de comunicación, redes sociales, plataformas digitales y discursos que producen miedo y desinformación para reinstalar formas homogéneas de vida y volver a naturalizar jerarquías patriarcales, coloniales y binarias. Sin embargo, junto a ese contraataque también siguen existiendo innumerables formas de resistencia.
Hoy convivimos con hechos profundamente dolorosos, gobiernos autoritarios, guerras, genocidios y enormes injusticias. Nada de eso puede minimizarse. Pero, al mismo tiempo, también existen miles de respuestas organizadas, colectivas y cotidianas que siguen construyendo otras posibilidades. Creo que estamos viviendo una etapa especialmente difícil, donde el contraataque del poder resulta muy visible. Pero no pienso que esa situación sea permanente, la historia muestra que estos procesos cambian. Lo doloroso es que estos ciclos dejan heridas profundas. El genocidio en Gaza, por ejemplo, tendrá consecuencias durante generaciones, del mismo modo que las sigue teniendo la colonización en nuestros territorios. Las luchas por la dignidad continuarán mientras exista vida, cambiarán de forma, cambiarán quienes las encarnen, pero seguirán siendo parte de la historia de quienes vendrán después de nosotros.

¿Cómo se repara (o no) la dignidad en contextos de violencia?
La palabra «reparar» no es una palabra que yo utilice habitualmente. Tengo dificultades con varias palabras, y una de ellas es justamente esa, porque está muy asociada a los objetos, se reparan cosas rotas y la dignidad, desde la forma en que la entiendo, no puede romperse. Tampoco me acomoda del todo hablar de restauración cuando se refiere a las personas, aunque utilizo esa imagen en el libro porque restaurar implica hacerse cargo de algo que tiene un enorme valor. Uno repara un automóvil, en cambio, restaura aquello que considera irremplazable.
Si lo pensamos con mayor precisión, lo que resulta afectado en situaciones de violencia no es la dignidad en sí misma, sino el reconocimiento de que esa dignidad ha sido transgredida. La dignidad permanece intacta, lo que ocurre es que ha sido violentada. Ese cambio conceptual es muy importante porque desplaza la conversación desde una supuesta pérdida de valor hacia el reconocimiento de una injusticia, es precisamente esa indignación colectiva la que moviliza la búsqueda de justicia. Por eso la restauración, más que referirse a la persona, tiene que ver con la rendición de cuentas. Para mí, la rendición de cuentas es una de las prácticas más potentes de justicia, de memoria y también de acompañamiento terapéutico, su poder es extraordinario.
Podríamos acompañar durante años a una mujer que ha vivido violencia de género y, sin embargo, basta con que quien ejerció esa violencia reconozca genuinamente el daño causado, exprese remordimiento, ofrezca garantías de no repetición y se ponga al servicio del proceso de enmendar aquello que sea posible, para que el curso completo de esa historia cambie profundamente. No porque desaparezcan las consecuencias de la violencia, sino porque aparece algo que durante mucho tiempo estuvo ausente, el reconocimiento del daño por parte de quien lo produjo.
Lo mismo ocurre cuando pensamos la historia reciente de Chile. Imaginemos por un momento que quienes participaron en desapariciones forzadas, torturas y otras violaciones a los derechos humanos rompieran los pactos de silencio, reconocieran públicamente lo ocurrido, dijeran dónde están las personas desaparecidas y se pusieran al servicio de las necesidades de las familias y de la justicia. Eso no devolvería la vida a quienes fueron asesinados ni eliminaría las consecuencias irreparables de esos crímenes, pero transformaría profundamente la posibilidad colectiva de seguir adelante.
Los sitios de memoria, los museos, las películas y los rituales son fundamentales. Sin embargo, existe una diferencia enorme cuando esos procesos son impulsados por quienes acompañan a las víctimas o por la sociedad, y cuando son asumidos por quienes ejercieron la violencia.
Es como si alguien te atropellara, evidentemente es mejor que otras personas se acerquen a ayudarte, te abracen y te cuiden, antes que dejarte abandonada. Pero es completamente distinto cuando quien te atropelló detiene el automóvil, reconoce lo ocurrido y se pone inmediatamente a tu disposición. El atropello sigue existiendo, pero el rumbo que toma esa historia cambia radicalmente porque la persona afectada deja de ser tratada como alguien invisible o descartable y pasa a ser reconocida en su dignidad. Por eso considero tan importante el trabajo con quienes han ejercido abuso. No se trata únicamente de proteger a quienes han sufrido violencia, que es indispensable, sino también de abrir procesos donde quienes causaron daño puedan desertar de las lógicas que sostienen ese abuso y asumir una verdadera rendición de cuentas. En el libro hablo precisamente de esa idea bajo el concepto de desertar de las órdenes abusivas. Desertar significa renunciar a seguir obedeciendo los mandatos del poder. Puede tratarse de desertar del militarismo, del patriarcado, del mandato de masculinidad o de cualquier sistema que organiza relaciones de dominación. Es una decisión profundamente difícil porque siempre tiene consecuencias, marginación, rechazo, acusaciones de traición e incluso riesgo para la propia vida. Por eso desertar constituye un acto profundamente político.
En ese sentido, prefiero hablar de contraficciones masculinas antes que de nuevas masculinidades. No se trata simplemente de construir otra versión de la masculinidad, sino de iniciar un proceso de desidentificación crítica respecto de las historias que nos enseñaron quiénes debíamos ser. Implica comprender que esas identidades no son verdades naturales, sino construcciones históricas que muchas veces nos mantienen atrapados reproduciendo daño.
Otro de los capítulos del libro se titula “Rendir cuentas por el daño que pudimos haber causado desde posiciones de ventaja”, y allí desarrollo esta misma idea.
Incluso cuando pienso en militares involucrados en violaciones a los derechos humanos, creo que necesitamos que permanezcan vivos para que puedan participar de procesos de rendición de cuentas. Cuando alguien se suicida antes de asumir su responsabilidad, ese acto termina beneficiando únicamente al pacto de silencio. Lo que necesitamos es que quienes participaron de esas violencias rompan con las órdenes que recibieron, abandonen las alianzas que sostuvieron el daño y contribuyan activamente a los procesos de verdad, justicia y memoria. Solo así podemos comenzar a transformar colectivamente las historias que la violencia intentó clausurar.

¿Qué es la ética del cuidado?
La ética del cuidado ha sido desarrollada por muchas autoras, entre ellas Carol Gilligan, desde una perspectiva feminista. No soy especialista en ese campo, pero sí me permito nombrarla desde el lugar en que la he ido comprendiendo. Para mí, la ética del cuidado consiste en desarrollar conciencia de las relaciones de poder y de las consecuencias reales que nuestras acciones tienen sobre la vida de otras personas, sobre otros seres y sobre el planeta. Es una invitación a reconocer las posiciones de ventaja y desventaja que habitamos y a preguntarnos qué hacemos con ellas. Las posiciones de ventaja no son equivalentes al abuso, justamente por eso hablamos de abuso de poder, no es una redundancia. El poder puede utilizarse para obtener beneficios a costa de otras personas, pero también puede ponerse al servicio de abrir posibilidades para quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad. Del mismo modo que esperamos que quienes ocupan posiciones de ventaja respecto de nosotros las utilicen para ampliar nuestras posibilidades de vida, también podemos preguntarnos cómo usamos nosotros aquellas ventajas que sí tenemos. En ese sentido, el cuidado tiene que ver con una ética del uso del poder. No con negar que el poder existe, sino con asumir una responsabilidad respecto de cómo lo ejercemos.
¿Qué lugar ocupa la ternura dentro de esa ética?
La ternura suele entenderse como algo ingenuo, débil o infantil. Muchas veces se utiliza para minimizar a alguien, «es tiernita», como si eso implicara poca inteligencia o poca fuerza. Yo la entiendo de otra manera. La ternura surge cuando reconocemos la vulnerabilidad de la otra persona, pero no porque sea inferior a nosotros, sino porque esa vulnerabilidad también nos constituye y hace posible nuestra propia existencia, tiene que ver con reconocer esos lugares de la vida que merecen cuidado.
Cuando uno observa una planta que recién brota o una flor que comienza a abrirse, puede sentir ternura precisamente porque percibe lo fácil que sería destruirla. Pero esa fragilidad no habla de debilidad; habla de una vida que está emergiendo y que necesita condiciones para seguir creciendo. La ternura aparece justamente ahí, en la posibilidad de cuidar aquello que está naciendo. Y también aparece cuando somos capaces de reconocernos en esa misma vulnerabilidad.
Las posiciones de ventaja y desventaja no son naturales, son construcciones políticas, todas las personas habitamos ambas posiciones dependiendo del contexto.
Por eso, cuando comienzo un proceso de desidentificación crítica, por ejemplo, respecto de la masculinidad dejo de fingir que debo ser fuerte todo el tiempo, que no puedo sentir miedo, tristeza, dolor o inseguridad. Reconocer esos aspectos también requiere cuidado, son esos brotes los que permiten construir nuevas formas de vivir.

¿Qué lugar ocupa el lenguaje en esa propuesta ética de la ternura y el cuidado?
Nunca me he sentido un intelectual. Escribo desde la rabia, desde la convicción y desde el deseo de crear. Siempre me gustó escribir, durante muchos años intenté escribir teatro y todavía espero hacerlo algún día. Pero, sobre todo, me interesa que las ideas puedan circular fuera de la academia. Siento que muchas veces el lenguaje académico ha secuestrado el derecho de las personas a expresar sus ideas, como si solo pudiera escribir quien domina determinados conceptos, conoce determinadas referencias o maneja ciertos formatos de citación. Yo no comparto esa idea. No estoy hablando de simplificar el pensamiento para vender libros ni de convertir las ideas en productos de autoayuda, hablo de la posibilidad de construir una expresión política y responsable de nuestras formas de vivir.
Este libro no pretende demostrar una teoría mediante investigaciones académicas. Es una propuesta ética, es una invitación a pensar. Y escribir no es el único camino para hacerlo, también existen la música, el teatro, las conversaciones cotidianas, los vínculos, las organizaciones sociales y muchas otras formas de producir conocimiento. Lo importante es apropiarnos de esos espacios y hacerlo desde la colaboración, no desde la imposición de una verdad única. Me interesa mucho más escuchar propuestas que convencer a otras personas de que existe una única manera correcta de mirar el mundo.
¿Puede la ternura convertirse en una forma de resistencia?
Sí, profundamente. La ternura, la indignación y la resistencia están íntimamente relacionadas, si no somos capaces de cuidar aquello que comienza a surgir, difícilmente podremos sostener nuevas formas de vida. Pero cuando hablo de ternura no estoy hablando de una ética de la no violencia ni de una actitud ingenua frente al conflicto. La ternura consiste en intentar mirar más allá de las categorías que el patriarcado, el colonialismo y el neoliberalismo nos presentan como naturales. Implica abandonar los binarios, escuchar genuinamente a otras personas, interesarnos por aquello que tienen para decir y construir relaciones donde nadie pretenda imponer una verdad absoluta. Para mí, eso es como el antónimo o la antítesis del fascismo, de las formas fascistas, de izquierda y de derecha, de las formas impositivas, autoritarias, de entender la vida y hay muchas formas de la izquierda que también son autoritarias e impositivas, por eso yo me salgo de ese seminario de derecha e izquierda, no me gusta, o sea, soy más de izquierda por lo que ha representado, pero no me identifica tampoco la izquierda, me cuesta ubicarme en una identidad fija.
Tengo una profunda influencia de personas como Vicky Reynolds y de muchas amistades con quienes he sostenido largas conversaciones, pero no me interesa cerrarme en un solo lugar. Tampoco me identifico completamente con la categoría de terapeuta narrativo, es una ficción que habito, una de tantas, pero no quiero quedar reducido a ella, lo que realmente me interesa es comprender cómo nos relacionamos para vivir mejor. Y, en realidad, todo esto es mucho más simple de lo que parece, lo difícil no es entenderlo, lo difícil es practicarlo.
La vida es simple, pero profundamente imperfecta, no está exenta de conflictos ni de errores. Permanentemente vamos a equivocarnos. La pregunta importante no es cómo dejar de equivocarnos, sino qué hacemos cuando eso ocurre. ¿Qué hacemos con nuestras equivocaciones?, ¿Qué hacemos con nuestra imperfección? Ahí está, para mí, el verdadero desafío ético.
Ojalá podamos ir causando cada vez menos daño, pero no porque exista un ideal de perfección al que debamos llegar, sino porque aprendemos a responsabilizarnos de nuestras acciones.

¿Por qué sostienes que todas las existencias poseen el mismo valor?
Mi propuesta parte de una idea muy sencilla, todas las existencias son igualmente valiosas. Y, paradójicamente, creo que una de las mejores pruebas de esa afirmación está en el enorme esfuerzo que realizan las instituciones de poder para convencernos de lo contrario. Si realmente hubiera cuerpos que valieran naturalmente más que otros, no sería necesario invertir tantos recursos económicos, políticos, religiosos, culturales y comunicacionales en producir esa diferencia. No habría que fabricar permanentemente binarios. No habría que producir categorías que separen a quienes supuestamente valen de quienes no. Sin embargo, eso ocurre todos los días, se invierten enormes cantidades de dinero, tiempo, trabajo, producción audiovisual y organización política para construir cuerpos considerados legítimos y cuerpos considerados desechables; vidas que merecen ser protegidas y vidas que pueden ser descartadas. Por eso sostengo que esas diferencias no son naturales, deben ser producidas permanentemente, hay que inventar cuerpos que no valen, hay que inventar vidas que no son llorables, hay que fabricar parias. Si esas jerarquías existieran por sí mismas, todo ese esfuerzo sería innecesario. No harían falta los rituales cotidianos que reproducen esas desigualdades. No harían falta las bromas misóginas entre hombres, los grupos donde se cosifica a las mujeres, las prácticas racistas, la violencia institucional ni los discursos que diariamente clasifican unas vidas como superiores y otras como inferiores. Todos esos actos funcionan como rituales de producción de desigualdad, día tras día, construyen la ficción de que existen cuerpos que valen más que otros. Y justamente porque esa ficción necesita reproducirse constantemente, también puede ser interrumpida.
Esa es, para mí, una de las tareas fundamentales de una ética de la dignidad, desarticular los rituales que sostienen la desigualdad y abrir espacios donde todas las existencias puedan ser reconocidas como igualmente valiosas. Lo que realmente me identifica es el cuidado, me interesa comprender cómo nos relacionamos para vivir mejor. No porque exista una fórmula perfecta, sino porque la vida siempre será imperfecta. El desafío no consiste en no equivocarnos nunca, sino en preguntarnos qué hacemos cuando nos equivocamos, cómo rendimos cuentas y cómo seguimos construyendo juntos.
Los chistes misóginos, el racismo cotidiano, las violencias institucionales, los discursos de odio y tantas otras prácticas funcionan como verdaderos rituales de producción de desigualdad. Y justamente porque requieren ser sostenidos de manera permanente, también pueden ser interrumpidos y transformados. Ahí es donde la ética del cuidado, la dignidad y la resistencia vuelven a encontrarse.
¿Qué brotes de dignidad ves con esperanza?
Esta conversación, el dolor de las personas por lo que está ocurriendo, los cuerpos que se exponen a la represión, las y los artistas que siguen creando, los grupos que se reúnen a cantar. La decisión de apagar un momento la televisión para encontrarnos, conversar o simplemente reír. Todo eso forma parte de la vida. No son imágenes poéticas alejadas de la realidad, son expresiones cotidianas de aquello que no puede ser silenciado. Tengo muy claro que muchas personas han sido silenciadas, la historia está llena de ello. Pero creo que no han logrado silenciar lo colectivo.
Podrán hacer un daño enorme a comunidades enteras, podrán intentar destruir vínculos y sembrar el miedo, pero quiero creer que el entramado social es profundamente resistente. No porque permanezca inmóvil, sino justamente porque está vivo. Se va tejiendo y destejiendo permanentemente a través de miles de acciones pequeñas y también de acciones colectivas más visibles. Se sostiene en conversaciones como esta, en las personas con quienes podemos llorar, en quienes basta con mirarlas para saber que seguimos caminando juntos. Quizás suene poco concreto, pero para mí es profundamente concreto.
Si alguien llegó hasta el final de esta conversación, primero quisiera agradecerle por haberse quedado. Y también confiar en que estas imágenes despierten recuerdos y experiencias muy cercanas, muy cotidianas. Me interesa reivindicar el dolor. Doler también es una forma de no ser indiferentes frente al abuso y frente a las consecuencias del abuso de poder. Pero al mismo tiempo necesitamos cuidarnos.
He dicho que doler es un logro colectivo, y habrá tiempo para desarrollar esa idea con mayor profundidad. Sin embargo, también es importante no engañarnos creyendo que permanecer únicamente en el dolor constituye, por sí mismo, una forma de justicia.
A veces también necesitamos descansar. Necesitamos reír, mirar una película, dejar de leer noticias por un momento, encontrarnos con otras personas o simplemente respirar, eso no significa abandonar la lucha, significa recordar que somos un colectivo. Mientras unas personas sostienen ciertas tareas, otras pueden descansar. Luego esos lugares se intercambian, esa posibilidad de relevarnos mutuamente también forma parte del cuidado. No necesitamos estar permanentemente sosteniendo todo sobre nuestros hombros. Esa también es una forma de resistencia.
Quiero agradecer a quienes hacen posible Revista Libertaria y a todas las personas que llegaron hasta el final de esta entrevista. Ojalá Dignidad por partes no termine siendo un libro cerrado. Sería hermoso que existieran otras partes de la dignidad y que no fueran escritas por mí, sino por muchas otras personas. Al fin y al cabo, ese ha sido siempre el espíritu del libro, abrir conversaciones, no clausurarlas.

