Laguna y Poco Sueldo, dos Cuentos de Manuel Rojas

Caminar es conocer, afirmaba Manuel Rojas. Él mismo cruzó a pie la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta Santiago.

por Francisco Farías Mansilla

Entre la Cordillera y la Oficina

Caminar es conocer, afirmaba Manuel Rojas. Él mismo cruzó a pie la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta Santiago. Me parece, entonces, que cualquier persona que se haya empeñado en una tarea semejante merece que la acompañemos: caminar a su lado, observar el paisaje y, también, aquello que nos legó a través de su escritura. Vamos entonces. Caminemos con Manuel por dos de sus cuentos.

Laguna

No hay pega. Toca buscarla donde caiga. Nos vamos a la cordillera, porque allí nos esperan las labores propias de una modernización que acecha a nuestras regiones: “…como mis recursos dependían de mi trabajo y este me faltaba, me dediqué a buscarlo”.

El que busca siempre encuentra, dicen. Así que encontramos trabajo. En “Las cuevas”, montando túneles para el paso del tren. Trabajo duro, del que nos corresponde nomás. Quizás nuestro único orgullo sea decir siempre que somos buenos para el trabajo. Eso lo aprendimos desde chiquitos. Éramos varios, casi treinta hombres buscando lo necesario para sobrevivir. Ahí Rojas nos presenta a Laguna.

“Laguna nunca tenía quietas las piernas” y su tema favorito era su mala suerte. Ese es nuestro compañero de trabajo o, quizás, una figura que nos muestra el lugar que ocupamos en el entramado de ese mundo. No lo sé. Lo que tengo claro es que Laguna estaba ahí, entre medio de las montañas, picando piedra, moviendo objetos pesados y resistiendo un viento que te rompe la piel.

En este tipo de trabajo no hay separación entre el tiempo libre y el regreso a las labores. Quizás sea prudente recordar que buena parte de nuestras horas de sueño están destinadas a prepararnos para volver al trabajo. Dormimos para nuestros jefes. Se comparte la comida y el espacio en las carpas, en medio de la montaña, para hacer frente al nuevo día. En eso, Rojas nos presenta a Laguna como un roto fatal: “Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando”.

Los días pasan trabajando en la montaña y uno termina comprendiendo la fatalidad de Laguna. El trabajo en esas condiciones hace que los hombres pobres construyan relatos sobre sus vidas en términos trágicos, porque quizás de ese modo —y a través de ese lenguaje— las razones de su situación quedan ubicadas en una fuerza superior y exterior a toda posibilidad de transformación social.

Vida y muerte en Laguna. En el personaje y en el cuento. Rojas habitualmente nos ayuda con eso.

Pasan cosas y toca bajar de la montaña. No es una tarea sencilla. Sin embargo, en ese recorrido aparecen otros con quienes acompañarse. El trabajo quedó atrás y es tiempo de (sobre)vivir. Ya habrá otras circunstancias para buscar un nuevo trabajo. Por ahora, lo que importa es el cuerpo, los amigos y el camino por hacer.

Poco Sueldo

Lo peor de no tener trabajo es tener uno. Aunque se gane poco. Algunos compañeros ganan más, otros más o menos y el electricista… poco sueldo. El trabajo comienza a las nueve de la mañana, en aquella oficina donde transcurre todo. La vida es todo: ese fragmento entre levantarse y acostarse en la misma cama, separado apenas por el tiempo del sueño.

En este trabajo hay un jefe, que acá se llama administrador. Gana más que los demás. Varias veces más. Rojas lo presenta así: “Es muy inteligente y trabajador, es el cerebro comercial de la empresa, y esta lo remunera como corresponde a tan importante órgano; le interesa que ese órgano esté nutrido abundantemente y que no tenga una falla, una lesión”. Los otros, los menos —según su descripción—, usted se los puede imaginar.

Laureano es electricista. Uno de tantos en la empresa. Rojas nos cuenta que ocupa el último puesto entre todos sus compañeros. Hace lo que le mandan. Obedece y arregla cosas. También se dispone a otras labores menores: limpia, ayuda a barrer y carga lo que haya que cargar. El administrador ignora su existencia en tanto Laureano.

Un día, el electricista tiene la necesidad de ir a hablar con el jefe. Sabemos que eso cuesta. Ese encuentro es tenso y lleva todas las de perder. Se arma de valor para decir sus palabras: “Quisiera pedirle, señor, un aumento de sueldo”. Gana poco, tiene una mujer y dos hijos que alimentar. Hace años que no le aumentan el salario. El administrador lo mira por primera vez, detenidamente, algo que no es habitual en la relación con sus trabajadores.

Nuestro amigo Laureano consigue ese aumento de sueldo, básicamente, por la lástima que sus condiciones de vida generan en su jefe. Es una buena noticia. Sin embargo, algo pasa. La mujer del electricista aparece en escena junto a sus hijos y la trama nos muestra esa otra parte del mundo del trabajo: la vida familiar que cada ser humano conecta con su quehacer. Parece absurdo el desenlace frente a un aumento de sueldo, pero así es la vida de algunos.

Eso es Poco sueldo. Una ruda experiencia donde nuestra posición en la sociedad no se resuelve necesariamente con pequeños cambios en lo que ganamos. Son reivindicaciones justas y necesarias, por las cuales el movimiento obrero ha luchado desde hace más de un siglo. Sin embargo, la satisfacción de nuestras necesidades no pasa solo por una mejora en el salario. También se requieren otras cosas que nos sostengan y que hagan posible torcerle la mano a la historia construida hasta ahora:

“La mujer tomó a su niño de la mano y abandonó la oficina. El más pequeño, indiferente a su destino, se había dormido sobre el hombro de la madre”.

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