La Sociedad contra el Estado de Pierre Clastres

El desafío no es romantizar formas nativas, sino reconocer la pluralidad de formas políticas y aprender de sus estrategias de articulación social fuera de las lógicas estatales.

La modernidad capitalista, que en nuestro territorio comenzó con la llegada de los invasores europeos a finales del siglo XV, fue conformando progresivamente, varias construcciones ideológicas vigentes hasta nuestros días: Por una parte, las ideas liberales que surgieron en Europa fundaron  la concepción de “individuo” como sujeto autónomo de su contexto social que, bajo su propio esfuerzo y logros, puede ser dueño de su destino y diferenciarse hasta el infinito de otros/as individuos aunque comparta con ellas y ellos el territorio, la clase, la etnia o el género. Por otro lado, el orden social capitalista también se presentó como el único mundo posible, invisibilizando las injusticas sociales que están en su base e instalando el discurso de que las actuales instituciones estatales que controlan la vida fueran neutrales e inalterables históricamente.

Esa misma mirada liberal y capitalista impregnó la forma como se comprende y trata a los demás pueblos del planeta. Primero Europa y luego también Estados Unidos, se han levantado como las potencias globales desde donde se mira y evalúa al resto del mundo, por lo que otras zonas geográficas y especialmente los pueblos de África y América Latina son vistos como retrasados, subdesarrollados o simplemente inferiores. Instalándose una mirada etnocéntrica entre el centro y las periferias, que justificó primero desde la religión y luego desde la ciencia la implementación de importantes injusticias y desigualdades a nivel global.  

La conquista de América por distintas potencias europeas significó el exterminio y/o sometimiento de muchos pueblos nativos. Españoles y portugueses debatieron si las y los habitantes de estos territorios eran humanos/as o si tenían realmente alma para ser cristianizados, todo esto con el fin de justificar su esclavitud junto a las poblaciones afrodescendientes traídas forzosamente para explotar recursos naturales. En cada territorio conquistado se justificó de diferentes formas la violencia y explotación contra los pueblos sometidos.

Así, hasta nuestros días, la mirada dominante hacia los pueblos originarios sigue siendo peyorativa y etnocéntrica, es decir, donde se puede reconocer su pasado heroico pero se reduce sus expresiones culturales presentes a simples muestras folclóricas, mientras se presiona a quienes se reconocen como parte de uno de esos pueblos a despojarse de su identidad, renunciar a las reivindicaciones territoriales, reconocer la propiedad privada de la tierra e incorporarse a la categoría individual de ciudadanía propia de los Estados nacionales. El supuesto de base sigue siendo que se trata de culturas retrasadas que deben apresurarse en el camino único de la modernidad capitalista.

Pierre Clastres

Por eso, “La Sociedad contra el Estado” escrito por el antropólogo anarquista Pierre Clastres (1934 – 1977) y publicado en 1974, es considerado un hito dentro de la antropología del siglo XX, pues crítica el etnocentrismo occidental que sigue justificando las desigualdades globales del sistema capitalista. Específicamente, pues cuestiona la concepción lineal del progreso, que tiende a ubicar a las sociedades indígenas en una fase “anterior” del desarrollo social.

Específicamente, las investigaciones de Clastres demuestran que el Estado no es un destino universal para todas las culturas, sino una forma histórica específica. En este marco, la división política entre quienes mandan y quienes obedecen no es constitutiva de toda sociedad, sino el resultado de un proceso histórico particular: la aparición del poder coercitivo.

Salvo el caso de los grandes imperios Incas, Aztecas y Mayas, la mayoría de los pueblos originarios del continente se caracterizaban por poseer estructuras sociales en las que sus jerarquías carecían de capacidad coercitiva, es decir, no existía un cuerpo de guerreros estables que impusieran la voluntad de las elites. El jefe indígena, si ejercía poder político, pero este no dependía del monopolio de la fuerza, que podría dar surgimiento a formas estatales, sino que se basaba en el reconocimiento colectivo, el uso de la palabra, la mediación de conflictos y gestos de generosidad hacia otros miembros de su grupo. Surge la posibilidad de sociedades que pese a tener jerarquías sociales y con ella injusticias, no construían formas estatales de dominación. El horizonte homogenizante de la modernidad capitalista no es una realidad inapelable sino una forma impuesta dentro de otras posibles.

Lamentablemente, Clastres no desarrolla una definición sistemática de “poder político”, sino que opera con una noción implícita que luego organiza mediante la distinción entre poder coercitivo y no coercitivo. Esto genera ambigüedades, pues el poder político que evidenció en los pueblos nativos, pese a no tener capacidad coercitiva si reproducía jerarquías hereditarias basadas en el prestigio, la tradición o el carisma. En otras palabras, al privilegiar la coerción como criterio decisivo, Clastres tiende a subestimar dimensiones simbólicas del poder que pueden producir obediencia y jerarquía sin necesidad de fuerza.

En segundo lugar, su afirmación de que “la sociedad controla al jefe” aparece débilmente fundamentada, pues no identifica mecanismos concretos que hayan sido utilizados para remover jefaturas y reinstalar nuevas estructuras. A pesar de estas limitaciones, el aporte de Clastres es decisivo en desnaturaliza la asociación entre desarrollo social y la creación del Estado como forma de dominación política. No se trata solo de imaginar una sociedad sin Estado, sino de reconocer que han existido y existen formas sociales que, si bien reproducen jerarquías, no consolidan mecanismo coercitivos, abriendo decididamente el abanico de posibilidades de articulación social.

Al cuestionar la universalidad del Estado como forma política, la investigación de Clastres puede leerse en diálogo con enfoques decoloniales que denuncian la imposición de marcos epistemológicos europeos sobre realidades históricas diversas. Así, las sociedades indígenas dejan de ser objeto de una narrativa de atraso para convertirse en sujetos de una racionalidad política propia, con sus propias contradicciones y especificidades.

Desde el anarquismo reconocemos los aportes de la antropología de Pierre Clastres, pero reconocemos también sus debilidades, como la subestimación del poder simbólico y la idealización de ciertas formas de igualdad al interior de los grupos estudiados. Aquí resultan relevantes aportes posteriores que muestran cómo la dominación puede operar sin usar la fuerza propiamente tal, así como investigaciones que evidencian dinámicas internas más conflictivas al interior de las sociedades indígenas. Desde esta perspectiva, el desafío no es romantizar formas nativas de organización social, sino reconocer la pluralidad de formas políticas posibles y aprender de sus estrategias de articulación social fuera de las lógicas estatales.

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