Un Día en el Infierno de Lucas González Rivas
Este cuento nos traslada a una atmósfera de terror donde los personajes son perseguidos de manera inexplicable por una entidad indefinida y omnipresente
Cayó al suelo. Un pedazo de techo le había caído encima. Estaba inmovilizado. En medio del mareo, podía ver cómo las miles de sombras ya se acercaban. Se encontraban a un lado. Vio una luz y una mano que lo buscaba; era R que lo venía a buscar. En medio del caos escarlata, pudo salir, mientras se cubría de los pedazos que caían. R levantó el escombro que los separaba de la puerta. B pasó por la puerta. Pero eso llegó.
Este cuento nos traslada a una atmósfera de terror donde los personajes son perseguidos de manera inexplicable por una entidad indefinida y omnipresente, que acecha constantemente, con forma de ruido, pero también de silencio, de desastre y de luz. Un corredor, una puerta que promete salvación o muerte, recuerdan escenas de suspenso cinematográfico.
Un grupo, extenuado de tanto huir, en una espera inaguantable, debe tomar decisiones ante el colapso total, acompañado del sonido de miles de pasos que se acercan por todos lados.
Al parecer no hay salvación. No obstante, en el grupo aflora el apoyo mutuo, el sacrificio y la empatía ante el dolor y la desesperación del otro. Finalmente, en medio del abismo, la niebla y lo inminente, surge una sola y final certeza. Un día en el infierno, puede ser recompensa en vez de castigo.

Un Día en el Infierno
por Lucas González Rivas, 2026
El ruido cesó, pero siguieron corriendo. Se adentraron en un pasillo largo y claro, con una única puerta a lo lejos. Sólo se detuvieron al estar seguros de que eso ya no estaba detrás. B sintió un sosiego con el silencio que ahora se abría paso y que parecía reinar el lugar desde siempre. El corredor estaba completamente limpio, no parecía que alguien hubiera estado ahí antes. R dijo que debían continuar. Estaban cansados y A sólo quería parar un rato, detenerse y esperar. Pero B sabía que era cosa de tiempo antes de que eso los empezara a buscar nuevamente, era imposible que simplemente se hubiera ido. Así que alentó a los demás a que dejaran el pasillo. N se quedó en silencio, mientras G trataba de animar a A, aunque sabía que era fútil con todo lo que había pasado.
Se abrieron paso a una sala que tenía vidrio por los costados, en donde se podía observar un cauce. El agua pasaba sin detenerse, un canal profundamente azul, que no daba indicio alguno de albergar algo más que agua. No alcanzaban a ver nada a lo lejos, ninguna puerta donde avanzar. No sabían qué hacer, puesto que volver era imposible. A se tiró en una esquina a mirar como el líquido fluía sin cesar. N lo contempló a lo lejos. Parecía que no había nada que pudieran hacer más que esperar a que eso apareciera. La sola espera era un problema en sí mismo; ninguno estaba dispuesto a ser paciente. R trató de animar a A, pero A estaba ensimismado pensando en todo lo que hubiera podido hacer antes de llegar a este lugar.
G propuso que quizá podían retroceder más allá del cuarto blanco, que quizá había alguna puerta que no observaron mientras corrían. B dijo tajantemente que no, dado el peligro que representaba eso, de pronto volvió el ruido. Las miles de pisadas rápidas y potentes aparecieron nuevamente. R, atenta, gritó que corrieran al otro lado de la sala, cuando todo empezó a colapsar. El agua entró a montones por miles de orificios. N tomó a A y lo levantó. A no entendía qué pasaba, la imagen de B a lo lejos señalando un lugar, mientras el ruido estaba acercándose. Entraron por donde señaló B. Y empezó la natación. Se abrían decenas de corrientes que los empujaban a todas partes, mientras G sentía que el aire dejaba paso al agua dentro de sí. Pero tenía que seguir nadando, hasta salir de ahí. Todo sentido de orientación que podía haber conservado se perdió irremediablemente. Visualizó una luz y se acercó prontamente. Aceleró el ritmo. Era un pedazo de vidrio solamente. No se rindió, a pesar de la oscuridad que empezaba a aparecer por donde se le mirara. Hasta que sintió que lo jalaban por atrás. Era R que lo había salvado.
G empezó a respirar como pudo, aunque el esfuerzo de volver a abrirse paso al oxígeno era más arduo que haber nadado allá abajo. B observaba la escena mientras, entre sollozos, le preguntaba a N qué había pasado. G no entendía a qué se refería, sólo sentía el temblor de su cuerpo, mientras R lo ayudaba a levantarse. De pronto lo notó: faltaba A. No estaba por ninguna parte en la sala roja. No llegó junto al resto. N, visiblemente afligida, quería ir a buscarlo, a adentrarse de nuevo al agua. Pero R la detuvo. Era imposible que A siguiera con vida. Había pasado mucho rato. B se negaba a aceptar la situación. Habían pasado por tanto, era imposible seguir soportando más. G simplemente no entendía nada, se negaba a entender algo que tuviera sentido en todo esto. La ausencia de A se respiraba en cada sentimiento que tenían. N parecía estar en otro lado, muy lejos del cuarto. R habló. Dijo un montón de cosas sobre A que G no alcanzaba a entender. Habló con tanta pasión sobre lo que había sido y algo sobre llevarlo en la memoria. Que las cosas no acabarían así, que podrían salir juntos de todo.
Mientras escuchaba, G se apoyó sobre la pared, y se vio empapado por un líquido carmesí, notó que el temblor no era de él, sino que era del lugar. Nadie lo noto hasta que del techo empezó a desprenderse pequeños pedazos. Alertó a todos que se cubrieran, pero ya era tarde. Eso había llegado y las paredes se empezaron a romper. Caían y se volvían a recomponer en figuras que R no entendía. Mientras los pasos se sentían entre los cuatro. N corrió hacia una esquina; había una puerta que G no había notado al llegar. G siguió sus pasos junto a R. B también se movió en medio del terremoto, mas no pudo avanzar; unos escombros aparecieron entre él y el resto del grupo. Cayó al suelo. Un pedazo de techo le había caído encima. Estaba inmovilizado. En medio del mareo, podía ver cómo las miles de sombras ya se acercaban. Se encontraban a un lado. Vio una luz y una mano que lo buscaba; era R que lo venía a buscar. En medio del caos escarlata, pudo salir, mientras se cubría de los pedazos que caían. R levantó el escombro que los separaba de la puerta. B pasó por la puerta. Pero eso llegó. El sonido del postigo cerrándose lo despertó del aturdimiento.
La oscuridad reinaba en la sala. Todo era de un negro absoluto. El silencio parecía haber vuelto de alguna forma. G lo tanteó en la oscuridad y le dijo que había alcanzado a entrar junto a N. Preguntó por R, pero la imagen de ella sosteniendo el pedazo de techo para que B pudiera pasar no le permitió más que llorar. G y N sólo guardaron silencio. N dijo que iría a revisar el resto del cuarto, a ver si podía divisar algo más. G se quedó junto a B. Él le pedía una respuesta, un porqué a todo esto. G no tenía respuesta alguna, estaban tan hondamente metidos en la oscuridad que ya no sabría explicar la razón detrás. Sencillamente, estaban ahí, despojados de toda justificación. Aunque sabía que B no necesitaba saber eso; lo abrazó.
G preguntó en voz alta a N si había encontrado algo, pero el silencio fue su única respuesta. Volvió a insistir, pero nada. Así que le propuso que caminaran, a ver si llegaban junto a N.
Anduvieron por, lo que creían, media hora, sin llegar a nada ni tener pista alguna de ella. De pronto, chocaron con lo que parecía ser un muro. La oscuridad reinante era tal que no podían ver la forma de éste. Lo fueron tanteando. Se abría por un área significativa, aunque decidieron no separarse. Era mejor permanecer juntos. G encontró una manija. Trató de abrirla, pero estaba cerrada. Podía escuchar el sonido de cómo estaba trabada del otro lado, cuando los pasos volvieron. Esta vez eran mucho más que miles, lejanos y cercanos a la vez, como si estuvieran en todas partes. Y fue ahí, con la puerta cerrada, eso acercándose y B a su lado que lo entendió. Comprendió eso que se había estado asomando tanto tiempo. Para eso que se había preparado durante toda una vida. El abismo y la niebla. Nada se justificaba con ello, pero la recompensa de haber llegado a este entendimiento, por fin, le era suficiente. Mucho más que suficiente frente a todo el caos en que había estado siempre inmerso. Entonces se paró frente a B, protegiéndolo contra eso que ya llegaba.
