Ícaro de Lucas González Rivas
Algo de nosotros tendrá que sucumbir al fuego, si queremos trascender a ese lugar donde recuperaremos la voz para hablar sobre nuestra felicidad.
Cuento de Lucas González Rivas
Reseña de Graciela Reyes
Este cuento, breve, no da posibilidades al respiro, como si fuera escrito de un tirón, Es como el registro de un sueño, se lee, se entiende, pero inquieta, termina confundiendo, o así se cree. Más bien, hace sospechar algo que es preferible mirar de reojo, se intuye una nueva verdad.
Ya desde el título, es inevitable que, en paralelo, acompañe a la lectura el mito griego: Dédalo -arquitecto del laberinto del Minotauro-, es encarcelado, junto a su hijo Ícaro, por el Rey Minos, quien encargó la construcción, para acallar su secreto. Un padre que paga el haber puesto su talento al servicio del poder. Ícaro en tanto, es solo un joven, cuya libertad está siendo dilapidada por funesta herencia, por los errores involuntarios del progenitor.
Dédalo, encuentra la solución, construye unas alas de plumas pegadas con cera. Escaparán volando. Le encarga a su hijo solo una precaución: no volar tan bajo que caigan al mar, no volar tan alto que se acerquen al sol y este derrita la cera de las alas.
Ícaro, embebido de la omnipotencia que le da el volar, olvida la advertencia paterna, Tanto así, que no mide su cercanía al sol, derretidas sus alas, se precipita al mar y muere. Los dioses han hecho lo suyo, han castigado la soberbia humana y la desobediencia a los mayores.
Ricardo Piglia (Formas Breves, 1996), señala que la clave de un cuento es contar dos historias. Una visible, superficial, que aporta una lógica común, que de cierta manera distrae, a quien lee. La otra, es la trama oculta, que se asoma con pistas breves, incluso confusas y silencios. Lo que es superfluo para la primera, es clave para la segunda.
El cuento de Lucas, de cierta manera, nos hace entrar en este juego lector, pero de una manera sutilmente distinta. La historia superficial es una reversión del mito clásico. La historia oculta, la de un sujeto joven condenado al patíbulo por asesinar al Padre. En realidad, su vuelo solo fue una ensoñación, un llamado vital, una metáfora tan eficiente, que le da el valor de transgredir, no solo de desafiar, sino asesinar, en su corazón y su mente, al Padre, con mayúscula: ¿a la autoridad institucional, a Dios, al orden establecido, a la tradición?
El Ícaro del mito es un joven imprudente, el de la trama oculta es un sujeto joven roto, partido, pero prendido. Le duele su existencia, la tensión entre lo que es y lo que anhela genera una fisura, un quiebre. Pero también, le duele el mundo, esta tierra maldita, por eso, aunque está abrumado por el pavor, sabe que solo podrá responder al llamado de la libertad, cuando esté condenado de tanto escapar, pero no solo, con otros, cuando “estemos todos allá pensando en cómo se puede estar tan arriba sin caer, cuando podamos discutir sobre la felicidad”. Y la libertad, lo apoya, “me dice que vuele lejos, tan lejos”.
El Ícaro del mito muere, por desobedecer, en cambio, nuestro Ícaro (como no hacerlo nuestro) actúa, paga con cárcel y muerte, la transgresión. ¿Prisión y muerte física o simbólica? No importa, la verdad develada en este cuento nos muestra las manos detrás de la acción, “Mis manos, eternas por momentos, actúan. Las miro. Miro mis alas. Humo. Llamas. Fuego. Ya está listo. Camino al patíbulo. Te maté, oh, Padre, y por eso ahora caigo”. Quizás algo de nosotros tendrá que sucumbir al fuego, si queremos prendernos, y prenderlo todo, para trascender, en medio del humo, a ese lugar donde recuperaremos la voz para hablar sobre nuestra felicidad.

Ícaro
por Lucas González Rivas
La inercia me tira, me desgarra entre soplos de pavor. Siento cómo me levanto, cómo ya no yazgo en el suelo eternamente etéreo que me sujeta, que me pide que no lo abandone, que aúlla por seguir en esta infamia. Pero cómo se puede seguir así sin más, en esta cruenta lucha entre lo que soy y lo que anhelo. Deseos que se levantan con el viento. Mas me paro. Roto. Partido. Prendido. Y duele, oh, cuánto duele cada suspiro. El gran pavor aparece, me dice que el vuelo ha de acabar, que no puedo escapar, que seguiré en este implacable vaivén. Y sigo, cómo sigo, con esta voluntad encarnizada en poder volar. ¿Acaso no estaré soñando anhelos? Y puede ser, puede que todo acabe dentro de estas barras que me encierran, que tenga que comparecer ante ti, Padre, que estás en los cielos, que no nos diste alas, solo estos rojos corazones. Veo el mar, a través de la enfermedad de mi celda. La libertad espera allá donde no cae la noche. Y me apoya, me dice que vuele lejos, tan lejos. Sólo le podré responder cuando esté condenado por tanto escapar. Pero seguiré subiendo, hasta que esta tierra maldita desaparezca, y estemos todos allá pensando en cómo se puede estar tan arriba sin caer, cuando podamos discutir sobre la felicidad. Mas ahora debemos conquistar nuestra felicidad. Pelear, pelear y pelear, hasta que la sangre suspire en nuestros cuerpos. Y me empiezan a quemar mis alas. Es tu castigo, Padre, que me das por haber hecho esto. Me sacan de mi celda, pero para ir a esa sala. Aunque estoy tan alto ahora. Creo que el mar ya no me abrazará con su brisa, ni los árboles me prestarán sombra alguna. Pero te he alcanzado, Padre, y no hay palabra que te pueda alcanzar ni achicar esta distancia. Mis manos, eternas por momentos, actúan. Las miro. Miro mis alas. Humo. Llamas. Fuego. Ya está listo. Camino al patíbulo. Te maté, oh, Padre, y por eso ahora caigo.

