El Camino del Cóndor de Lucas González Rivas
Cómo pasamos de círculos pequeños leyendo a Bakunin y Kropotkin a estar ahora así, frente al mal. Bueno, supongo que se alcanzó cierto límite.
El cuento “El Camino del Cóndor” de Lucas González Rivas destaca por su ambición intelectual y su tono intensamente reflexivo, construyendo una voz narrativa que se sitúa entre el monólogo interior y el ensayo filosófico. Desde sus primeras líneas, el texto problematiza la identidad, el lenguaje y la experiencia de habitar la ciudad, priorizando la reflexión por sobre la acción y configurando una subjetividad atravesada por la incertidumbre y la búsqueda de sentido.
A nivel estructural, el relato articula —no siempre de manera plenamente orgánica— dos planos: uno político-histórico, vinculado a la protesta, la insurrección y referencias concretas al contexto chileno; y otro simbólico-mítico, centrado en figuras como el Cóndor y la Serpiente. Este cruce constituye uno de los elementos más interesantes del texto, aunque en varios pasajes ambos registros coexisten más que integrarse, generando cierta fragmentación en la experiencia de lectura.

El Camino del Cóndor
por Lucas González Rivas, 2026
Los senderos que se bifurcan se abren ante mí como esta selva de calles. Soy testigo de lo inexorable de mis pasos. Inevitables pisadas que doy por esta ciudad a la que pertenezco, porque soy en cuanto existe esto, ergo mi persona no cabe en estas dos letras y o que componen lo mal llamado yo que tanto ruido me hace. Y nunca me he sentido inclinado a atraparme en burdas definiciones abstractas que nada atrapan; las palabras nada sujetan. Más bien, las definiciones escapan por ahí, de dos en dos y de tres en tres, no dejándose atrapar por diccionarios. Todo se siente tan libre. Libertad. Libertas. O liberté, como decían los jacobinos. Padre (y no tú, Santo Padre, que has muerto), siempre me cuentas tu inspiración en ellos. Pasa que todo se parece tanto. ¿Llegaremos a algo diferente algún día, a algo que pueda decir que es algo y no que es sólo algo? Quizá, y es que, padre, tú tuviste tu Bastilla, ¿no? La Moneda cayendo ladrillo a ladrillo, bajo el último gobierno (con mal origen en la palabra gubernare), el de K. Qué imagen. Pasó que todos en algún momento se miraron y encontraron el nos, se dieron cuenta que de arriba no cae nada sino lluvia en forma de silencio. Hasta que culminó en esto. En mis hondos pasos en esta ciudad libre yendo a la biblioteca Libre. Y ahora, debo leer. Leer, leer y leer. Porque la autogestión no tiene un piso sólo en la motivación. No, hace falta algo más. El viaje del Cóndor. Sí. El Cóndor siempre había vivido bajo el abrazo de la cordillera. Era su Tierra, hasta la azulada tumba del Sol, bañado todo bajo el estrellado manto. El Cóndor era el guardián de los cielos. Mas, un día, un ruido desconocido apareció desde lejos. Había llegado el huescufe. Ruido. Ruido. Ruido. Ojalá hubiera menos ruido en este lugar, pero el sonido de los grandes actos siempre es estridente. Los pedazos de vidrio están por todas partes, junto al hondo olor a humo. El que todo esté cayendo y cayendo, para que pueda así nacer algo, tiene esto. Quién pensaría que todo se echaría abajo, que podríamos hacer temblar de tal forma el suelo. Y es que cómo pasamos de círculos pequeños leyendo a Bakunin y Kropotkin a estar ahora así, frente al mal. Bueno, supongo que se alcanzó cierto límite. Quizá fue que la tierra, desde los bosques y montañas, con el soplo del viento nos empezó a alentar, a decir cuánto se ha sufrido desde el huescufe, con nosotros cediendo siempre un poco más. Creo que así hemos llegado a esto. Aunque es tan difícil actuar. Pararse y decir esto soy y esto haré es una tarea prometeica, porque uno está tan perdido en el mar de las incertidumbres. Por ello me refugio en la lectura ahora, necesitando tocar alguna certeza en todo esto. El cóndor, profundamente dañado, ha tenido que ceder cada vez más. Con sumo pesar, ha perdido más allá del Bío-Bío, el eterno río que transmite las verdades de esta Tierra. Sí, esperando. Supongo que todos esperamos de alguna forma la oportunidad, l’occasion, para actuar. Aunque eso no significa que la historia sea lineal. No, no porque estemos acá en el tan anhelado hoy, significa que el mañana vaya a ser el mañana, como si la Historia no diera tropiezos siempre que anhelamos algo, como si la Historia no se emborrachara siempre que necesitamos de ella. Cómo sufrimos con cada paso al costado que da. El que la historia camine recto implicaría un sentido. Un todo. ¿Existe un sentido? Padre nuestro, te invito a responder ello. Pero, como siempre, sólo hablarás en forma de silencios a tus hijos, a nosotros que todo lo hemos intentado para unir el mar y el cielo. La mer et le ciel. A juntar a A con B. ¿Habrá causalidad? No. Decir que A pasa por B sería la barbarie misma, la perdition. Si el cielo existiera. Si la promesa termina siendo cierta. Si el mitos le gana al logos, entonces renegaría. Y cómo reniego, Señor. Si el paraíso (Valhalla, Tlalocan, Edén) existiese, y por ello hay sufrir acá abajo, infinitamente debajo, donde está la Tierra; entonces echaremos abajo el cielo. A patadas. Desgarrando todo. Por el grito de los que se cansaron de gritar. Por el peso de la existencia y la futilidad. Por aquellos que están tan malditamente abajo que ya no saben rezar. Rechazo. Rechazo. Rechazo. Si el sufrimiento (y cómo sufren) de los niños se exculpa, y justifica (porque todo lo justificas, Padre), porque lo ruin, lo infame pagará en una existencia post mortem, rechazo esa existencia. Reniego de un mundo así, y lo haré siempre, de una tierra donde un genocidio (nakba) tenga algún sentido. No, Padre, te negaremos. Sin ti, los caminos se arman, se rompen y se vuelven a armar en una sucesión de imágenes transitorias y efímeras. Estamos todos perdidos en los soplos de la existencia, bajo el yugo mismo del sinsentido. No damos pasos, simplemente nadamos en infinitos ríos de infinitas corrientes con infinitas contradicciones. Muchos años ha pasado el Cóndor en la eterna vigilia, esperando poder extender sus alas completamente una vez más. Pero el huescufe no es único extranjero en este territorio ahora, sino que el Águila ha traído a la Serpiente de los mil nombres. Y se pasea por toda la Tierra. ¿Acabará nuestra lucha contra ella alguna vez? Quiero creer que llegará una mañana en que podamos ser tan felices con nuestra victoria, en que ya no haya recuerdos debajo de la palabra congoja. Pero el sonido de las llamas me dice que no sueñe despierto con un mañana, sino que abrace y me queme en el presente, aunque en ello se me vaya la vida. Y las calles están increíblemente llenas de rabia y protesta, junto a gritos que piden el fin de la gran maquinaria que es todo esto. Debo luchar ahora, porque las barricadas necesitan sostenerse. La lucha necesita sostenerse. Aunque el pesar de las incertidumbres me golpea y me vuelve a golpear. Me pregunto cómo lo habrá hecho el Cóndor para no titubear, para pelear y tener siempre el espíritu de la insurrección. ¿Habrá dudado? ¿O acaso estaré siendo un cobarde? Desde entonces, el Cóndor ha tenido que luchar siempre contra la Serpiente. Se dice que vino de afuera, de otro continente, pero también hay quienes dicen que pudo venir de acá. La Serpiente tiene muchas caras, pero todas terminan siendo la misma. La esencia humana. Ella pudo venir tanto de afuera como de adentro (incluso de acá). ¿Es que acaso estamos libres de la gran mancha? Pienso en el ser humano y lo primero que miro es el abismo (Wüxfnakumwe o quizá Jufv). El abismo que yace bajo cualquiera, si bajamos lo suficiente para observar las peleas entre todo lo que forman a uno y nos separan de otras formas. Estar acá, viéndolo directamente, provoca un vértigo, te juro. Yo no soy la Serpiente, pero ella me mira desde el abismo. Ahí, tan malditamente abajo que pasaríamos toda la vida tratando de observarla. Entonces quizá el Águila no la trajo, sino que simplemente la despertó. Quizá todo esto no es más que el afelio. Y el Cóndor logró vencer a la Serpiente, la mató una vez. Pero la Serpiente nunca termina de morir, siempre volverá a aparecer. Entonces el camino del Cóndor está ligado a la lucha por poder volar. Y nosotros estamos peleando con esta nueva serpiente, que primero vino a quitarnos lo poco que teníamos en nuestra tierra, incluso a nuestros pobres humedales que son tan propios de acá. Nos ha quitado tanto. Sólo nos queda esta lucha, este incansable afán por decir no. Pero recuperaremos lo que es nuestro, porque el Cóndor pudo con la Serpiente. Lo veo ahora, veo el camino. Veo a esa persona leyendo. Tendremos esa libertad por la que tanto luchamos, en que podremos decir con tanta seguridad nosotros, en que estaremos tan seguros de ser libres. Habrá un montón de calles con los nuevos nombres, junto a tantas caras verdaderamente felices, bajo el Sol que lo haremos nuestro. Lo veo a él. Veo a aquel que hizo este cuento, y al siguiente que lo leerá en una biblioteca libre. Porque este impulso no se puede borrar. No. Sólo nos queda luchar.
