Leer a Manuel Rojas Hoy: las Heridas que Todavía nos Duelen
Leer a Manuel Rojas es negarse a aceptar que el abandono sea natural, que la pobreza sea una culpa y que la soledad de los otros/as no tenga relación con nuestra propia vida.
por Francisco Farías Mansilla
Hay libros que se leen y se olvidan, y hay otros que se quedan viviendo en nosotros y nosotras, como una pregunta que no termina de encontrar respuesta. Leer a Manuel Rojas (1896 – 1973) pertenece a esta segunda experiencia. Sus personajes, muchas veces marginales, solitarios y golpeados por la vida, no habitan únicamente las páginas de una novela: caminan por nuestras calles, viajan en el transporte público, buscan trabajo, sobreviven a la indiferencia y cargan heridas que no siempre se ven. Por eso, leer a Manuel Rojas hoy no es un ejercicio de nostalgia literaria ni una obligación escolar. Es, sobre todo, una forma de mirar el presente y reconocer aquello que, pese al paso del tiempo, todavía nos duele como sociedad.
En “Hijo de Ladrón”, publicada en 1951, Rojas escribe sobre una herida que no tiene un lugar preciso en el cuerpo. Está en todas partes y en ninguna: en los nervios, en la sangre, en los huesos, en los tejidos. Es una herida difícil de nombrar porque no siempre proviene de un golpe visible. A veces nace de la pobreza, del abandono, de la falta de oportunidades o de la sensación persistente de no pertenecer a ningún lugar. Otras veces se instala en quienes han tenido que aprender demasiado pronto que el mundo no ofrece las mismas posibilidades para todos y todas.
Esa herida continúa abierta. Basta observar a quienes crecen sin acceso a una educación digna, a quienes esperan durante horas por atención médica, a las familias que deben elegir entre pagar el arriendo o comprar alimentos, o a las personas que, aun rodeadas de otros, experimentan una profunda soledad. El mundo ha cambiado desde los tiempos de Rojas, pero la desigualdad sigue encontrando maneras de reproducirse. Y, en medio de una sociedad que suele medir el éxito por la capacidad individual de surgir, sus palabras nos recuerdan una verdad incómoda: no todos comienzan desde el mismo lugar ni cuentan con las mismas herramientas para enfrentar la vida.
Rojas comprendió que el sufrimiento humano no puede explicarse únicamente por las decisiones personales. En su literatura, las y los individuos no están separados de las condiciones sociales que los rodean. Sus historias muestran cómo la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades pueden marcar una existencia mucho antes de que alguien tenga la posibilidad de decidir qué hacer con ella. Leerlo hoy significa cuestionar esa idea, tan extendida en nuestro tiempo, de que cada persona es la única responsable de su destino. ¿Qué ocurre con quienes nunca tuvieron una oportunidad real? ¿Cómo se puede exigir que alguien salga adelante si ha debido luchar, desde el comienzo, contra el hambre, la precariedad o el abandono?
La herida de la que habla Rojas no se cura con discursos motivacionales ni con la repetición de que todo depende del esfuerzo individual. Tampoco basta con la compasión ocasional de quienes observan el sufrimiento desde una distancia segura. Su escritura nos obliga a detenernos y a reconocer que existen vidas que transcurren fuera del campo visual de una sociedad demasiado ocupada en sus propios logros. Hay personas que no han tenido medicina, educación, padres, profesores/as ni amigos/as, como advierte el pasaje de “Hijo de Ladrón”. Lo terrible no es solamente esa ausencia, sino que pueda ocurrir sin que nadie parezca advertirla ni atribuirle importancia.
Quizás allí radique una de las razones más poderosas para leer a Manuel Rojas en la actualidad: su literatura nos devuelve la capacidad de mirar a quienes preferimos no ver. Nos recuerda que detrás de cada persona juzgada por su apariencia, su origen o sus circunstancias existe una historia que desconocemos. Antes de condenar, invita a comprender; antes de etiquetar, propone observar. No para justificar cualquier conducta, sino para entender que los seres humanos somos mucho más complejos que las categorías con que intentamos ordenarnos.

Pero si “Hijo de Ladrón” nos habla de una herida profunda, “Mejor que el Vino”, publicada en 1958, nos acerca a otra experiencia igualmente vigente: el cansancio frente a las injusticias y la dificultad de sostener una lucha a lo largo del tiempo.
En uno de sus pasajes, el narrador recuerda sus días de militancia, las proclamas, las amenazas, la prisión y las condiciones miserables que debió soportar. Desfiló un Primero de Mayo con un estandarte que proclamaba: “El ejército es la escuela del crimen”. Sin embargo, entre la convicción política y la necesidad de sobrevivir apareció una tensión inevitable. Había que comer, ganarse la vida, subsistir. Y, entre esas exigencias, el personaje terminó distanciándose de los demás.
Hay algo profundamente humano en ese relato. Quienes han sentido indignación frente a una injusticia conocen la fuerza inicial de la protesta, esa energía que nos hace creer que las cosas pueden cambiar si alzamos la voz. Sin embargo, también conocen el desgaste: trabajar para llegar a fin de mes, cuidar a hijos e hijas, atender las obligaciones cotidianas y descubrir que la lucha por una sociedad más justa debe convivir con la urgencia de resolver la propia existencia. A veces, la vida no derrota nuestras convicciones; simplemente nos deja sin tiempo, sin fuerzas o sin compañía para sostenerlas.
Rojas no presenta la lucha social como una aventura heroica libre de contradicciones. Sus personajes tienen ideales, pero también miedo, hambre, cansancio y necesidades concretas. No son figuras de bronce ni ejemplos perfectos de coherencia. Son seres humanos que intentan encontrar un lugar en un mundo que con frecuencia les expulsa. En esa humanidad reside buena parte de la vigencia de su obra.
Hoy, cuando las redes sociales permiten expresar indignación en segundos y las causas colectivas pueden convertirse rápidamente en tendencias, la lectura de Rojas invita a preguntarnos qué sucede después de la protesta. ¿Cómo se mantienen las convicciones cuando desaparece el entusiasmo inicial? ¿Cómo se construye comunidad en medio de una vida marcada por la competencia, la incertidumbre laboral y el agotamiento? ¿Qué significa luchar por los demás cuando apenas conseguimos sostenernos a nosotros/as mismos/as?
No hay respuestas sencillas en sus páginas. Y tal vez esa sea otra de sus virtudes. Rojas no escribe para tranquilizarnos con soluciones inmediatas, sino para acompañarnos en las preguntas difíciles. Su literatura no niega las contradicciones ni oculta las debilidades humanas. Al contrario, encuentra en ellas una manera de comprender la vida social y de cuestionar las estructuras que convierten la supervivencia en una tarea solitaria.
Leer a Manuel Rojas hoy es, también, recuperar el valor de la experiencia. Sus personajes conocen el mundo a través del camino recorrido, de los encuentros fortuitos, de los trabajos precarios, de las derrotas y de las pequeñas solidaridades que aparecen cuando menos se esperan. La vida no se presenta como una línea recta hacia el éxito, sino como un trayecto lleno de obstáculos, pérdidas y aprendizajes. En ese recorrido, la dignidad no depende de la posición económica ni del reconocimiento de los demás, sino de la humanidad que persiste incluso en las circunstancias más adversas.
Quizás por eso sus libros siguen hablándonos. Porque no nos exigen admirar a sus personajes desde lejos, sino acercarnos a ellos. Porque nos enseñan que una sociedad puede avanzar tecnológicamente y, al mismo tiempo, continuar reproduciendo antiguas formas de exclusión. Porque nos recuerdan que el progreso pierde parte de su sentido cuando deja a demasiadas personas al margen.
Hay una pregunta que atraviesa estas lecturas: ¿qué hacemos con el sufrimiento ajeno? Podemos ignorarlo, atribuirlo exclusivamente a la responsabilidad individual o convertirlo en una estadística que pronto olvidaremos. También podemos detenernos, escuchar y reconocer que la vida de los otros y otras nos concierne. La literatura no resuelve por sí sola las desigualdades, pero puede transformar nuestra manera de percibirlas. Puede romper la indiferencia, despertar preguntas y devolver un rostro humano a aquello que las cifras suelen volver abstracto.
Por eso, si tienes una herida, lee a Manuel Rojas. No porque sus libros vayan a curarla de inmediato, sino porque quizá encuentres en sus páginas las palabras para reconocerla y comprender que no eres la única persona que la lleva consigo. Si estás cansado o cansada de las injusticias, léelo también. No para encontrar una consigna que resuelva todas tus dudas, sino para recordar que la indignación necesita reflexión, que la solidaridad requiere persistencia y que ninguna lucha colectiva puede sostenerse sin reconocer la fragilidad de quienes participan en ella.

Leer a Manuel Rojas hoy es una forma de resistencia frente a la indiferencia. Es negarse a aceptar que el abandono sea natural, que la pobreza sea una culpa y que la soledad de los otros/as no tenga relación con nuestra propia vida. Es comprender que detrás de cada herida hay una historia y que escucharla puede ser el primer paso para construir una sociedad menos injusta.
Tal vez los libros no cambien el mundo por sí solos. Pero hay lecturas que modifican nuestra manera de caminar por él. Después de leer a Rojas, quizá miremos de otra forma a quien pide ayuda en la calle, a quien ha quedado fuera del sistema o a quien ya no encuentra fuerzas para seguir luchando. Quizá comprendamos que nadie debería tener que demostrar su valor para merecer dignidad, educación, salud o compañía.
Y entonces, al cerrar el libro, la lectura continuará fuera de sus páginas. En la conversación que decidimos no evitar, en el prejuicio que nos atrevemos a cuestionar, en la injusticia que ya no podemos contemplar como si no fuera asunto nuestro. Allí, en ese desplazamiento íntimo de la mirada, Manuel Rojas seguirá escribiendo su crónica del presente.
Porque hay heridas que atraviesan las décadas y sociedades que todavía no aprenden a reconocerlas. Y porque mientras existan seres humanos condenados a sobrevivir en los márgenes, leer a Manuel Rojas no será solamente volver a un clásico de la literatura chilena: será una manera de preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo y cuánto estamos dispuestos a hacer para transformarla.
