La Caída de Lucas González Rivas

Descubro que estamos solos esperando que nuestra Luna termine su cometido.

Sabremos que todo ha acabado cuando la Luna repose a nuestro lado

La Luna, como fenómeno astronómico ha maravillado a la humanidad desde siempre. Se le ha representado como femenina, misteriosa, cambiante. Compañera del doloroso tránsito entre el día y la noche, como una madre protectora. Ha sido leída como presagio de sueños y desgracias. Se le ha invocado o se ha convertido en confidente del alma romántica.

Lucas González Rivas se inserta en esta tradición, con una mirada más apocalíptica. A lo largo de una jornada, marcada por la angustia existencial, la esperanza de salvación y el quiebre final por el sueño defraudado, nos muestra los caprichos de la Luna.

Acostumbrados a su compañía nocturna, que autoriza los sueños y la esperanza de un mundo que puede ser vivido en libertad, somos sorprendidos por una decisión arbitraria: La Luna ha preferido caer, trayendo con ella, el fin de las estructuras, la debacle del individualismo. Quizás este cataclismo santifique la tierra.

La Caída

por Lucas González Rivas, 2026

El inconmensurable cielo me despierta de la inocencia, llevándome a la eterna caída del ser. La sempiterna Luna ya no está fija: baja sin dar aviso, rápida y despreocupadamente, hacia quienes yacemos aquí. La preocupación me carcome entre nudos de agitación. Pero nadie se fija en el paso de la Luna, que algún día llegará a santificar esta tierra. Mientras, yo sufro, y cuánto sufro, porque el astro ya no acompañará las noches, ni será quien vigile los dulces sueños. Nada será, y yo muero por ello.

La jaula se ha abierto, dando paso a este eterno ahora. El jilguero ha aprendido a surcar la vida, a costa de también poder caer. Sueño ser el pájaro que ha de volar, acompañado por el sonido de la dulce quena. Me veo en un espejo que aún no está roto, con un reflejo que no es el mío ni de otro, sino uno que pertenece a esa realidad sin abismos. Pero, la imponderable existencia me habla poco a poco, contándome sobre la levedad de soñar, entonces el abismo me susurra desasosiego.

Le pido a la Luna por razones, por algo que selle estas incansables inquietudes por estar aquí abajo. Mas sólo recibo silencio, mientras se acerca un poco más a este plano. Insondable Luna, ¿Me proporcionarás un consuelo? Algo que podamos afirmar desde acá, una certidumbre: un atisbo a lo real.

Silencio. Descubro que estamos solos esperando que nuestra Luna termine su cometido. Ya está cerca y todo alrededor quiere caer. Las paredes parecieran echarse abajo, con voluntad propia. Me encierro en mi casa, cierro las cortinas y ruego que deje de bajar. Sostengo todo como puedo. Pero, el sonido del impacto la delata. Todo ha terminado por precipitarse. Calisto[1] también acaba por caer.


[1] Calisto, en la mitología griega, fue una cazadora, perteneciente al cortejo de la diosa Artemisa. Su consagración a esta consistía en el voto de castidad. Zeus se enamora de ella y, tomando la forma de Artemisa, la seduce. Calisto queda embarazada. Zeus la convierte en osa, para esconder su crimen ante su esposa. Esta le pide a Artemisa que la mate en una cacería. Calisto muere, pero Zeus, para salvar a su hijo por nacer, la convierte en la constelación de la Osa Mayor, la cual orbita eternamente alrededor del cielo, sin poder bajar, pues así lo han impuesto las diosas que cuidan a su hija.

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