Fuego en la Calle de Lucas González Rivas
Fuego en la calle, juega con una narración desde tres focos, que alternan, para hacernos sentir la pasión que se enciende en la protesta social.
“He comprendido que mi bienestar
sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo,
sin excepción”
León Tolstoi
Fuego en la calle, juega con una narración desde tres focos, que alternan, para hacernos sentir la pasión que se enciende en la protesta social.
Por un lado, relata la calle, escenario de una jornada extenuante de enfrentamiento entre las personas y las fuerzas del orden: ruido, caos, miedo, cansancio. Finalmente, un grito pidiendo justicia.
Por otro lado, nos lleva al interior de uno de los personajes, que desde la posición de espectador, reflexiona, conmovido frente al sacrificio, la inmolación ante la injusticia y la crueldad. Ante ello, saldrá de la anestesia cotidiana y entenderá su lugar.
Junto a ello, nos hace acompañar la transición emocional de “Y” -personaje femenino-, que poco a poco se enciende. El combustible es una mezcla de miedo, confusión, rabia e impotencia. Desde la trinchera decide hacer algo, abandonar la perplejidad, elegir un lugar distinto al del cuidado: prenderle fuego al miedo.
Fuego en la Calle
por Lucas González Rivas, 2026
X leyó la noticia y no lo podía creer: cómo siendo tan joven lo había hecho. Una gran pena todo esto; cuánto heroísmo en ese sacrificio. Logró hacer tiempo suficiente para que el resto escapara. Qué desgracia. Los carabineros no tienen salvación alguna ya; llegaron tan hondo con sus pecados que cualquier posibilidad de redención era nula.
Y estaba asustada. El incesante ruido la había hecho perder cualquier cordura que le quedara. Pasaron 12 horas ya desde que empezó el enfrentamiento. El día se le hizo eterno, esperaba que con la caída del Sol tal vez se relajara todo un poco. Pero ellos seguían ahí, esperando. Se había unido a la marcha sin creer que una reacción así se daría en una democracia. Su lucha era justa; no entendía esta represión.
X reflexionó sobre sus últimas palabras. Apoyo mutuo. Suponía que podía resumirlo en eso. Pero cómo encerrar su muerte, su sacrificio en meros términos. Se volvió un símbolo. Encarnó la resistencia misma. Representó la fe eterna en un mañana por el que valiera la pena luchar, algo que X nunca había imaginado. No, siempre vivió sin el calor de una comunidad.
Los niños estaban llorando ante el inminente peligro. Y no sabía cómo calmarlos. Nunca tuvo que tratar con pequeños, pero la situación exigía una responsabilidad que iba más allá de la experiencia. No sabía cómo aquellas pobres criaturas se adentraron hasta acá. Pero a pesar de que estuviera asustada, haría algo por ellos.
X escuchó el ruido, un sonido que empezó hace un rato: pasos; mucha gente cerca. Se acercó a la ventana y vio una gran multitud que marchaba. Las filas de personas no terminaban. Prestó atención a los gritos, y eran palabras que clamaban por justicia por lo que pasó.
Y llevó a los niños a una esquina para decirles el plan: «Sé que tienen miedo, pero será cosa de un ratito solamente. Quiero que se tomen las manos y no se las suelten jamás. Corran hasta que estén seguros de estar muy lejos de acá. Juntos estarán bien.” Se lo decía a ellos y a sí misma, para darse el valor del cual siempre careció. Atentos como podían ante los disparos, aceptaron.
Logró entender lo que quería aquella multitud. No era sólo Justicia. En ese caso, el sacrificio habría sido en vano. Ellos querían un cambio. X supo de inmediato que esa rabia no era exclusivamente contra las personas, sino que buscaban derrumbar todo el sistema que provocó esto. Mientras que él se vio a sí mismo, frustrado durante tantos años y alienado en la gran maquinaria burguesa. Completamente desamparado y rendido ante un régimen que sólo respetaba la ley del más fuerte. Pero ahora se observó a sí mismo actuando. Luchando por ella y por aquellos que cayeron. Además, ya no estaría solo, sino con ellos. Entonces se preparó para salir.
Ella contó los 45 segundos que habrían de correr. Esperó con un nerviosismo latente a que los niños fueran a la posición que les dijo, mientras podía sentir el líquido resbalando en su piel. Finalmente, vio que los chicos estaban listos. Agarró la antorcha con su mano derecha y dejó la barricada. Corrió sin detenerse, ni ante los disparos, ni ante el fuego que la consumió.
