Retorno al Bosque de Lucas González Rivas
Una atmósfera inquietante sobre la relación ambigua entre Luz y el bosque que bordea su hogar.
El cuento “Retorno al Bosque” de Lucas González Rivas construye una atmósfera inquietante desde sus primeras líneas, situando al lector/a en la relación ambigua entre Luz (la protagonista) y el bosque que bordea su hogar. Este espacio natural no aparece como un simple escenario, sino como una presencia activa y misteriosa, que ejerce una atracción persistente sobre la protagonista desde su infancia. La fascinación inicial se entrelaza con la incapacidad de sus padres artistas de comprender y representar lo que la niña percibe.
A medida que avanza el relato, el bosque se transforma en un lugar de pérdida. La desaparición progresiva de los padres, ambos obsesionados por capturar alguna característica estética que culmina en su ingreso al bosque, introduce un elemento trágico que redefine la relación de Luz con ese espacio. Lo que en la infancia era fascinación progresivamente se traduce en resentimiento.

Retorno al Bosque
por Lucas González Rivas, 2026
Siempre habían vivido al lado del bosque. De niña, solía apreciarlo desde lejos, sintiéndose atraída por la oscuridad reinante entre los árboles. Pasaba horas escuchando el susurro de las hojas. Ver las sombras en medio de las grandes raíces que sobresalían en la superficie le provocaba una fascinación que nunca supo describir a sus padres. Ella les explicaba todas las noches, antes de recibir su beso para dormir, qué era lo que sentía. Ellos, pintores de profesión, intentaban plasmar lo que ella sentía mediante cuadros, para así entender un poco más a Luz y poder acercarse a ella. Pero ninguna pintura logró plasmar lo que ella veía en aquella arboleda. Ya siendo adolescente, recordaba poco de esos días. Sólo la proximidad del bosque, junto a su eterno susurro, la mantenía cercana al recuerdo de sus padres.
Su papá había sido el primero en desaparecer. Llevaba semanas en una pintura tratando de representar a los peumos de la parte más occidental de la arboleda. No lograba capturar la oscuridad de los tallos al caer la noche. Había un siniestro patrón que no alcanzaba a plasmar. Hasta que una noche les dijo que iría al bosque. Luz se asustó, pues sabía que del bosque no se retornaba. Mas su padre no parecía ya estar en el lado de acá. Había pasado una barrera que Luz no podía ver. Y, como todos, nunca volvió del bosque.
Vivir sin su padre había sido difícil al inicio. Para alegrarla, su madre la invitaba a pasear por los senderos alrededor del bosque, aunque con mucho cuidado, puesto que Luz siempre había tenido un equilibrio funesto. Sus piernas parecían responder a algo más. Pero ello no le impedía disfrutar de los caminos más luminosos, donde todo era tan claro y sencillo. Aunque la vida se había hecho un tanto más silenciosa sin su padre, había tranquilidad en aquella casa. Intentó pintar junto a su madre, mas su problema de equilibrio también se traducía en unos dedos sumamente torpes que le impedían cualquier intento de ser artista.
Todas aquellas visiones del bosque de cuando era niña se les hacían ya borrosas y difusas, lo asociaba todo a un espíritu sumamente sensible que se dejaba impresionar por nimiedades. Por lo que, cuando desapareció su madre, ya no lo llenó del misticismo como sí lo hizo con su padre. Ella había pasado todo un invierno en silencio, contemplando el bosque por las tardes, para pintar por las mañanas a los arrayanes. Estaba completamente fascinada por las sombras que esos árboles producían. Veía algo que nunca pudo entender Luz. Entonces, al comenzar la primavera, se había dado cuenta que su madre también se había dirigido al bosque. Siempre lo asoció a aquella tristeza crónica que había dejado su padre al irse.
De eso ya habían pasado varios años. Con el tiempo, Luz había ido concentrando un resentimiento contra el bosque. Un día soñó con rostros y sombras que estaban perdidos en el bosque, mientras ella sólo podía observar cómo más personas se adentraban, sin poder advertirles. Había desaparecido tanta gente allí. Ya no podía seguir pasando, de alguna forma había que deshacerse de él. Decidió que lo quemaría, para que nunca más alguien pudiera perderse en el bosque.
Preparó todo para hacerlo en una noche. Partiría hacia el ala occidental y comenzaría por los peumos. Llegó la noche. Se adentró hacia el bosque, entrando por primera vez a la eterna oscuridad de la arboleda. Al inicio, sus pasos contra las hojas y las raíces de los árboles eran todo lo que escuchaba. Pero las voces empezaron a aparecer con fuerza. Una multitud de conocidas y desconocidas que le decían que saliera, que entrara al corazón del bosque, que los buscara. Luz seguía caminando a pesar de ello, el lugar para iniciar el incendio debía estar más adentro. Las ramas caían y subían, en un baile vertiginoso en el que ella estaba atrapada. De pronto se hizo la completa oscuridad, y Luz se vio inmersa en la opacidad de un bosque que creía nunca haber conocido. El viento aullador la trataba de botar, pero seguía empecinada en que nadie más se perdiera en aquellas tinieblas. Encontró el lugar. Había hojas que podía usar para empezar un foco. Metió su mano en el bolsillo. Escuchó pasos acercándose por detrás. Alcanzó el fósforo. Consiguió prender el fuego y se dio vuelta. Nada. Incendió el montón de hojas. Fuego. Llamas. Empezó a correr. Fue encendiendo todos los árboles, a medida que arrancaba de las llamas. Quería abrazar a todos los árboles. Había un humo que la asfixiaba, que le pedía dejar todo y correr lejos, lejos de ese bosque. Mas siguió corriendo. Y apareció una raíz en un lugar donde no debería estar. Luz tropezó y cayó al suelo. El golpe en la cabeza la dejó aturdida. El fuego se acercaba. Podía sentir cómo la abrazaba. Pero su zapato se había enredado profundamente con la raíz. Quería escapar, pero no podía. Las llamas la besaban. Y una voz le dijo que se tranquilizara, mientras otra voz le decía que todo terminaría. Eran sus padres, que la besaron antes de que durmiera.

