Del Malestar a la Capacidad Colectiva

Una lectura anarquista de la apatía y la participación social.

por Francisco Farías

Hay una pregunta que permite mirar de otra manera una preocupación muy presente en Chile: ¿por qué una sociedad atravesada por tanto malestar tiene tantas dificultades para construir vínculos capaces de transformar ese malestar en capacidad colectiva transformadora? La pregunta interesa porque desplaza una explicación bastante extendida: aquella que dice que vivimos en una sociedad apática, despolitizada o simplemente indiferente. Desde una mirada anarquista conviene desconfiar de esa explicación. La apatía no necesariamente expresa ausencia de malestar ni falta de opiniones políticas. Puede expresar, más bien, una experiencia de impotencia: la percepción de que intervenir colectivamente sirve de poco, de que las decisiones importantes se toman lejos de nosotros/nosotras y de que nuestra capacidad para modificar las condiciones de vida es muy limitada.

Esta distinción resulta importante porque cambia el lugar desde donde hacemos la pregunta. En vez de preguntarnos por qué las personas “no participan”, podemos preguntarnos qué tipo de sociedad produce sujetos/as que sienten que participar no cambia demasiado las cosas. Eduardo Colombo (2000) ofrece una clave muy interesante para pensar esto. Para él, la anarquía no es la ausencia de política, sino la construcción de un espacio político no jerárquico organizado en torno a la autonomía de quienes actúan. La libertad, por tanto, no es algo que se recibe desde arriba: se construye históricamente y en la interacción con otros/as. En este sentido, la autonomía no puede reducirse a una cualidad individual; es también una capacidad colectiva que se aprende, se practica y se sostiene en instituciones y relaciones concretas.

Desde esta perspectiva, una sociedad organizada principalmente sobre la delegación puede terminar debilitando esa capacidad. Si la política consiste fundamentalmente en elegir representantes, entregarles la decisión, esperar resultados y evaluar cada cierto tiempo si lo hicieron bien o mal, se instala una relación profundamente de dependencia respecto de decisiones tomadas por otros/as. Colombo insiste justamente en la crítica de la representación política y en los riesgos de una delegación que puede convertirse en usurpación. Se trata de advertir qué ocurre cuando se vuelve permanente y cuando quienes delegan pierden la posibilidad real de controlar, revocar y participar directamente en las decisiones que afectan sus vidas.

Esta discusión adquiere especial sentido después del ciclo de movilizaciones que Chile ha vivido durante las últimas décadas y, particularmente, después de la revuelta de octubre de 2019 y de los procesos políticos que siguieron. Aquellos acontecimientos mostraron que el problema chileno difícilmente puede describirse como simple apatía. Millones de personas estuvieron disponibles para ocupar el espacio público, protestar, reunirse, discutir y cuestionar las formas establecidas de organizar la sociedad. Lo que apareció fue una fuerza capaz de decir “esto no puede seguir así”. Sin embargo, resultó mucho más difícil convertir esa energía en organizaciones, prácticas e instituciones autónomas capaces de permanecer en el tiempo.

Aquí aparece una de las contradicciones centrales del momento actual: existe malestar, pero ese malestar no encuentra con facilidad formas colectivas duraderas. Puede expresarse en una movilización, en una denuncia, en una conversación, en las redes sociales o incluso electoralmente, pero después vuelve a dispersarse. Podríamos pensar una secuencia bastante reconocible:

  • Malestar.
  • Indignación.
  • Expresión pública.
  • Movilización episódica.
  • (y finalmente) Agotamiento.

Lo que cuesta construir es otra secuencia:

  • Malestar.
  • Encuentro.
  • Organización.
  • Confianza.
  • Acción colectiva.
  • Aprendizaje
  • (y finalmente) Nueva organización.

La diferencia entre ambas no está en la intensidad del enojo, sino en la existencia de vínculos e instituciones que permitan convertir una experiencia individual o fragmentada en una capacidad compartida.

Murray Bookchin (1978) sostiene que la espontaneidad no es lo contrario de la organización. Una acción autónoma puede producir formas organizativas no jerárquicas, voluntarias y auto-creadas. Esto es importante porque rompe con una falsa alternativa que ha acompañado a muchos movimientos sociales: o espontaneidad sin estructura, o estructuras rígidas y jerarquizadas. Para Bookchin, el desafío es construir formas organizativas capaces de dar continuidad a la iniciativa social sin expropiarla. El grupo de afinidad, las relaciones no jerárquicas, la coordinación sin pérdida de control desde la base y la autodisciplina voluntaria aparecen como ejemplos de una organización que no necesita reproducir la lógica del mando.

Bookchin utiliza además una expresión que parece escrita para nuestro presente: habla de una “sensación de impotencia” vinculada a la privatización de la existencia. Cuando la vida se repliega hacia el ámbito individual, cuando los problemas sociales comienzan a experimentarse principalmente como problemas personales y cuando la respuesta predominante es resolver cada dificultad por cuenta propia, se debilita el terreno desde el cual puede emerger una práctica común. No desaparece necesariamente la conciencia de los problemas. Lo que se deteriora es la experiencia de que esos problemas pueden ser enfrentados junto con otros y otras.

A esto habría que agregar las condiciones materiales de la vida contemporánea. La precarización no sólo afecta los ingresos. También captura tiempo, atención y energía. Trabajar extensamente, desplazarse por la ciudad, endeudarse, cuidar a otras personas, enfrentar incertidumbre laboral y responder a múltiples exigencias cotidianas reduce la disponibilidad para participar. Una persona puede comprender perfectamente que sus dificultades tienen causas sociales y, al mismo tiempo, no disponer de tres horas para una reunión después de una jornada extenuante. Por eso, cuando desde organizaciones políticas o sociales se interpreta esa ausencia únicamente como indiferencia, se corre el riesgo de moralizar el problema y culpabilizar precisamente a quienes tienen menos tiempo y recursos para sostener la participación.

Desde una perspectiva anarquista, esto obliga también a revisar nuestras propias prácticas. Si participar significa asistir a reuniones interminables, dominar códigos militantes, aceptar lenguajes cerrados o sacrificar permanentemente la vida personal, las organizaciones terminan reproduciendo formas de exclusión. Una política anarquista debería intentar exactamente lo contrario: construir espacios donde participar aumente, y no disminuya, nuestra capacidad de vivir. Espacios donde organizarse permita resolver necesidades, construir afectos, compartir saberes, disminuir la soledad y experimentar concretamente que cooperar funciona.

El problema consiste en ampliar lo que somos capaces de hacer juntos y juntas. Potenciar la capacidad de encontrarnos, deliberar, producir acuerdos, cuidarnos, sostener conflictos sin destruirnos, crear instituciones propias y modificar aspectos concretos de nuestras condiciones de existencia. Una organización posee potencia no solamente cuando puede movilizar a miles de personas, sino también cuando permite que quienes participan descubran capacidades que antes creían no tener.

Desde ahí, la cuestión de la participación cambia radicalmente. El contrario de la apatía no es necesariamente la protesta, ni tampoco una mayor participación electoral. Podemos tener grandes movilizaciones y, poco después, volver al aislamiento. El verdadero contrario de la apatía es la experiencia de eficacia colectiva: descubrir que cuando nos organizamos con otros/as algo efectivamente cambia. Puede cambiar una condición laboral, un problema del barrio, una situación de violencia, una necesidad de cuidado o simplemente nuestra propia percepción acerca de lo que somos capaces de hacer.

Colombo plantea que el espacio público donde los seres humanos pueden reconocerse libres e iguales es una construcción histórica, paciente e inacabada. Parece una idea fundamental para nuestro presente porque evita dos tentaciones. La primera es esperar el gran acontecimiento que resolverá de una vez la contradicción social; la segunda es conformarnos con pequeños espacios autorreferentes que nunca intentan ampliar sus límites. La autonomía se construye en el presente, pero necesita vocación de expansión. Una biblioteca popular, un sindicato, una organización territorial, una cooperativa, un medio comunitario, una red de cuidados o un colectivo cultural pueden ser pequeñas instituciones de autonomía si permiten producir relaciones distintas de aquellas que criticamos.

Quizás ahí se encuentre uno de los desafíos más relevantes para los movimientos sociales y para el anarquismo contemporáneo. No se trata principalmente de convencer a grandes cantidades de personas para que adopten una identidad anarquista. Se trata de generar condiciones para que personas comunes puedan experimentar formas no jerárquicas de organizar la vida y comprobar que la cooperación puede ser más eficaz que la competencia, que la decisión colectiva puede ser más rica que la delegación permanente y que el apoyo mutuo puede ofrecer respuestas allí donde el mercado y el Estado resultan insuficientes.

Regresemos a la pregunta inicial. Si vivimos en una sociedad llena de malestar, la cuestión no es sólo cómo expresar mejor ese malestar. El problema político fundamental es cómo reconstruimos los vínculos de manera autónoma. En otras palabras: cómo pasamos de sentir que cada uno/a debe arreglárselas solo a descubrir que podemos intervenir juntos/as sobre una parte de nuestra realidad. Desde esta lectura, el adversario más profundo de una política emancipatoria quizá no sea únicamente una institución determinada. Es también esa sensación socialmente producida de que no podemos hacer nada. Y una práctica anarquista contemporánea tendría que demostrar, mediante experiencias concretas, exactamente lo contrario.

Referencias

  • Eduardo Colombo, “El Espacio Político de la Anarquía”, Ed. Nordam, 2000.
  • Murray Bookchin, “Por una Sociedad Ecológica”, Ed. G. Gili, 1978.

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