El Placer de la Cadena: el Pinochetismo Gobierna Chile

Las y los chilenos/as no votaron por un programa, sino por un padre severo que ponga orden en el caos.

por Pedro Peumo

En el libro “El Miedo a la Libertad” (1941), Erich Fromm propone una idea que incomoda: hay masas que no son engañadas por el poder autoritario, sino que lo desean. A este fenómeno lo llama “masoquismo social”: la tendencia colectiva a fundirse voluntariamente con una figura omnipotente, entregándole la propia autonomía a cambio de aliviar la angustia que produce ser libre. No es ignorancia; es una solución psicológica al peso insoportable de la individualidad moderna.

El mecanismo funciona así: cuando una sociedad experimenta inseguridad profunda -económica, física, identitaria-, el yo individual se vuelve una carga. La libertad, paradójicamente, se convierte en amenaza. Entonces emerge el deseo de disolverse en algo más grande: un líder, una nación, un orden. El masoquista social no es sometido por la fuerza; elige su sometimiento porque le devuelve la sensación de pertenencia y certeza.

El caso chileno es ilustrativo: el ultraderechista y pinochetista confeso, José Antonio Kast, ganó la última elección impulsado principalmente por la preocupación sobre seguridad pública, delincuencia, inmigración irregular y recuperación económica. Las y los chilenos/as no votaron por un programa de beneficios, sino contra la angustia. Su campaña prometía «recuperar el orden y la autoridad, reimpulsar el progreso y restaurar la libertad y la justicia«. Palabras que, en términos frommianos, ofrecen exactamente lo que el masoquismo social busca: un padre severo que ponga orden en el caos.

Fromm advertía que este mecanismo no desaparece con la democracia. Se adapta a ella. Es el mismo mecanismo psicológico que ha llevado al poder político a todos los regímenes autoritarios elegidos en democracia.

En Argentina, un gobierno similar, encabezado por Javier Milei, ya va de salida. Aunque con la posibilidad de continuar. La angustia y la incertidumbre que el mismo gobierno causa, paradójicamente, es el que puede asegurar su permanencia.

Si de algo nos puede servir en Chile la experiencia argentina es que no basta con aplicar una supuesta racionalidad social-democrática frente a gobiernos de este signo. Millei y Kast no han sido elegidos pensando en un «bienestar general» sino que en el disciplinamiento social, y esta es una idea que puede mantenerse incluso frente a la evidencia de un deterioro social. Si a esto le sumamos el poder hegemónico que las derechas mantienen sobre los medios de comunicación y sobre el control del algoritmo de las redes sociales, tenemos un escenario donde al deseo masoquista por el orden se une el refuerzo positivo constante de los medios en post de mantener esta cosmovisión autoritaria.

Además, no podemos olvidar que las izquierdas son quienes abonan el terreno para la llegada de la ultraderecha, a través de gobiernos que alimentan la explotación y el sistema capitalista, y que sostienen el sistema democrático, que -con la intervención del Estado- beneficia siempre a los más ricos y mantiene la desigualdad social. De esta forma, son esos gobiernos los que abonan -con su acción y omisión- las bases del pensamiento masoquista social, cuya base es la renuncia de la libertad.

Sin embargo -con todo-, hoy a las y los revolucionarios/as aún nos queda un espacio de lucha. No es nuestro trabajo apelar a la búsqueda de una supuesta «racionalidad» de las y los electores, y fundar nuestra lucha en recuperar los beneficios estatales perdidos, para que la próxima vez voten por la izquierda y se hagan nuevamente sus clientes. Nuestra lucha debe encaminarse a dar a conocer, de forma radical y honesta, un cambio que va más allá: nuestra visión de una sociedad revolucionaria, antimilitarista y comunista anárquica.

Lo peor que podemos hacer es sumarnos a la propaganda de izquierda que busca el clientelismo para acrecentar el mismo control social que busca la derecha, pero fundado en la esperanza de recuperar algún beneficio otorgado graciosamente por la «magnanimidad» de los políticos. La democracia nos ata a un sistema de injusticia -que con más o menos beneficios estatales- está diseñado para beneficiar a los ricos y explotar a las y los pobres, sea el gobierno que sea. Los políticos nos ofrecen el palo y la zanahoria del sistema democrático. Se alternan entre el da y quita más o menos migajas para el pueblo, pero siempre manteniendo intacto el sistema de opresión y explotación capitalista, que solo es posible gracias al monopolio legal de la fuerza ejercido por policías y militares, el brazo armado del Estado.

El comunismo anárquico va más allá. Nuestra misión es romper este círculo vicioso de miseria e inequidad. La revolución social puede ser una realidad si avanzamos hacia una conciencia antimilitarista colectiva que supere a la perversión y crueldad; una conciencia solidaria, que viva el apoyo mutuo, y que sea realmente anticapitalista. Un comunismo anárquico contra todo nacionalismo, e incluso más allá del instrumentalizado «internacionalismo», hacia una sociedad cosmopolita, sin fronteras nacionales.

Esto nunca lo lograremos sumándonos a la lucha política, que necesita de un control policial y militar por parte del Estado, con su casta de burócratas, empresarios, militares y policías. La lucha comunista anárquica es ante todo una lucha contra el militarismo, contra los ejércitos, las fronteras y la guerra nacionalista. Hoy frente al masoquismo social debemos propagar la cultura revolucionaria que libere a las masas del deseo perverso por la crueldad militarista, que rompa con el egoísmo capitalista y deje atrás el autoritarismo político.

Por eso, ¡a la calle a propagar nuestras ideas!, no las del posible gobierno futuro de la izquierda.

¡Abajo el militarismo y los ejércitos!

¡Por la huelga general revolucionaria!

¡Por el comunismo anárquico!

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