Consumo de Drogas y Control Social
La industria de las drogas duras como la pasta base, cocaína, tusi, ketamina, anfetaminas y benzodiazepinas, promueven una falsa idea de liberación y bienestar.

por Fernanda Sierra.
La mercantilización del placer ha sido una de las propuestas más seductoras con las que se ha logrado posicionar el capitalismo en la vida cotidiana. La industria de las drogas duras, sedantes y anestesiantes como la pasta base, cocaína, tusi, ketamina, anfetaminas y benzodiazepinas, promueven la falsa idea de liberación y bienestar. La labor de traficantes y empresas farmacéuticas ha sido potenciar su uso, romper vidas y vender la cura, para que las personas, desde una falsa lógica, sientan que retoman el control de sus vidas. Muchas veces para quienes viven en condiciones de explotación laboral, pobreza o encierro, el uso de sustancias permite apaciguar el dolor y sufrimiento, es decir, se utilizan como un medio de sobrevivencia.
En las últimas décadas, el consumo de drogas se ha convertido en un engranaje más para mantener el sistema capitalista, favoreciendo el despojo territorial, la marginalización, la segmentación de las organizaciones barriales, la violencia de género, el abandono, el abuso y el suicidio. No es mera coincidencia que quienes más sufren las consecuencias del problema de consumo de drogas sean siempre los sectores más empobrecidos de la sociedad. El consumo de drogas en la clase alta se vive como elección, es naturalizada, tienen acceso a drogas de calidad, el consumo es llamado “recreativo” y no es criminalizado. Por otro lado, cuando las drogas son consumidas por las y los pobres, son tratados/as como delincuentes y se convierten en un riesgo para la sociedad; las y los pobres no eligen las drogas que consumen, habitualmente la calidad de las drogas es mucho más baja, tanto por su costo como por el tipo de droga, las sustancias se adulteran, muchas veces mezcladas con químicos desconocidos lo que aumenta los riesgos y consecuencias de su consumo. La baja calidad de las drogas no es un accidente, es parte de la economía de las drogas que están insertas en las poblaciones, por lo tanto, el tipo de consumo obedece a un tema de clase social. Si bien pertenecer a una u otra clase social no define si alguien consume o no drogas, si es determinante del tipo de droga al que accede, su uso, la cantidad y calidad de esta.

Desde el anarquismo comprendemos el consumo de drogas como una herramienta que el capitalismo ha utilizado para adormecer a una sociedad cansada y estresada de ser parte de un sistema de desigualdad y dominación, en donde oprimidas y oprimidos ven en el uso de drogas una salida alternativa que permite de alguna manera sostener las dobles jornadas laborales, las deudas, el agotamiento físico, el hambre, el insomnio, la tristeza, la precariedad y el abuso. Al facilitar el acceso al consumo de drogas en las poblaciones el capitalismo logra desconectar el malestar social, operando como sistema de control sobre nuestros cuerpos y convirtiendo una lucha colectiva en un problema individual, entonces las personas ya no sienten el peso de la doble jornada, de su poco acceso a la educación, la mala atención en salud y las deudas por la precarización de sus vidas, sino que, sienten el peso del consumo como la historia que domina sus vidas y el problema se vuelve individual, nace y crece desde el contexto del consumo, y no cuestionan el mapa de dolor que ha sido trazado por las injusticias del modelo.
Una vez que el consumo de drogas ya se ha instalado de manera importante en la vida de la persona, aparece la institucionalización, la que provee una solución superficial, convirtiendo el problema en un “diagnóstico”. La persona ya no solo sufre desigualdad, opresión, explotación, precarización y poco control de su vida, sino que está enferma, y esta enfermedad se llama “adicción” y para poder tratarla tendrá que aceptar su cronicidad y a través de una herramienta de domesticación como lo es el uso de benzodiazepinas u otros fármacos como camino para la superación, de esta forma la persona dejará de consumir la sustancia prohibida, pero continuará intervenida; manteniendo la lógica de la dualidad consumo ilegal v/s consumo legal. El cuerpo sigue adormecido, silencia su historia y anestesia su rabia. La persona entonces en lugar de reconocer sus resistencias, sabidurías o luchas es nombrada como “paciente dual”, “enfermo/a crónico/a” y un sinfín de nuevas etiquetas que no hacen más que estigmatizarla.
Por otro lado, la guerra contra las drogas solo es una ficción mediática. Mientras el Estado dice combatir el tráfico de drogas, no hace más que ser parte de ella, encarcela a una parte de la sociedad por porte y/o consumo, y los verdaderos operadores del tráfico están sentados en oficinas, en el parlamento, en el gobierno, en los cuarteles de las FFAA y todos quienes gozan de poder.
Las noticias criminalizan a las y los pobres, por ejemplo, es habitual ver en TV que algún periodista se interna en poblaciones mostrando como operan las bandas de microtráfico. Los medios actúan al servicio de los intereses políticos y económicos dominantes, imponiendo narrativas en donde la violencia, delincuencia, terrorismo, migración, consumo de drogas y protestas son presentados como peligro, instalando el consumo del miedo, sin embargo, los traficantes siguen operando sin ningún tipo de restricciones, y los territorios comienzan a ser comandados por micro células de poder. Desde esta perspectiva el tráfico no sería la falla del sistema sino es el sistema funcionando. Es el mismo gobierno quien regula a quienes criminalizará, que territorios controlará y que políticas del miedo aplicará, de esta manera es el mismo poder quien administra las rutas, levanta las rivalidades entre narcos, así como protege o deja ingresar cargamentos.

El Estado y los medios de comunicación han creado un sistema en donde la figura del narco pobre es el violento, para ocultar el verdadero poder que se encuentra detrás de su negocio. Si bien ese narco de pobla igualmente ostenta un poder y logra atemorizar a la comunidad, solo es un muñeco de los poderosos de verdad que le permiten existir y operar. La narrativa dominante de los medios de comunicación crea al microtraficante de la esquina y no dice nada sobre los generales, jueces, empresarios y todos quienes hacen posible mantener las redes de tráfico creadas a punta de corrupción. Es importante aclarar que todos quienes participan en la red de tráfico son parte del mismo engranaje, sin embargo, las posiciones de poder son las que operan de distinta manera, pues será protegido/a quien sea más rico/a y poderoso/a. Por otra parte, es importante mencionar que muchas veces algunos/as ingresan al mundo del tráfico porque ven ahí una oportunidad de subsistencia y salir del circuito de la pobreza. Sin justificar este elemento es importante observarlo como un fenómeno que es real e impacta a muchas familias y personas.
Así, la criminalización recae en quienes no gozan de poder, lo que permite lógicas de control social en las que con la excusa de combatir el narcotráfico se sigue segregando los territorios, encarcelando selectivamente, sin hacerse cargo del problema de base, que es una sociedad injusta en donde el narcotráfico es un negocio más que genera grandes riquezas y el lavado de dinero para muchos empresarios. Desde esta perspectiva se criminaliza al consumidor/a pobre, pero se blinda al empresario o cómplice rico del tráfico, lo que sustenta al sistema capitalista.
El traficante se convierte en un aliado del Estado y viceversa el Estado finge combatir lo que en realidad administra. En este sistema desigual y opresor el narco rico pone el dinero y lo lava, mientras las y los pobres ponen el cuerpo. El sistema penal chileno se creó justamente para criminalizar, vigilar y castigar a las y los pobres, no a los ricos. Finalmente, los medios de comunicación ocultan el verdadero poder económico que existe detrás del mundo del tráfico, entonces las y los pobres siguen siendo esclavos/as del sistema opresor y dominante que además los y las utiliza no solo para mantener sus negocios, sino que también les entrega drogas y así la alienación se mantiene y el control social fluye de manera perfecta.
Los programas institucionales que promueven la rehabilitación de las personas que consumen drogas se sustentan en modelos biologicistas y abstencionistas, que pretenden a través del DSM-5 o CIE-10 enfermar a las personas con una multiplicidad de trastornos. La persona ya no solo tiene el problema del consumo, sino además, esta deprimida, psicótica, bipolar, ansiosa y obsesiva, y como debe de alguna manera seguir sirviendo a este modelo sociedad, el Estado les provee como salida al problema del consumo, el uso de otra farmacología que perpetúa su dependencia a químicos e instala la idea de que jamás podrán recuperar sus vidas, pues la adicción es algo de lo cual jamás podrán despojarse. Estas narrativas dominantes de los dispositivos de salud tradicional perpetúan el control de los cuerpos, la culpa y la vigilancia. Estos discursos no buscan acompañar ni comprender el problema, sino encerrar, definir, estigmatizar y cimentar una identidad “adictocéntrica” que se basa en un problema individual, que no reconoce a la persona con sus capacidades, resistencias y sobrevivencias frente a un sistema opresor.
Esta disciplina encubierta de “cuidado” instala lógicas de control jerarquizadas, medicación e internación, donde la persona no tiene un mínimo control sobre su vida, justificando la perdida de autonomía, haciendo un tutelaje forzado y excluyéndola socialmente. Como se mencionó anteriormente estas formas niegan las posibilidades de cambio y trasformación, así como también mantienen una idea de consumo que es perpetua e inamovible.

Si bien las personas que consumen drogas desarrollan saberes, estrategias y formas de cuidado para resistir al dolor, el despojo y la culpa, en los programas no son vistas como sujetas/os sino como objetos de intervención. Opera la lógica de la rehabilitación, es decir, la acción de reponer en alguien lo que le había sido desposeído, esto despoja a la persona de su identidad y de sus posibilidades de hacer, minimizando su voz, su capacitad de agencia personal y situándose en el nivel de los síntomas y no en las experiencias e historias de las personas.
¿Porque los programas operan desde el concepto de “enfermedad” y no desde el de “problema”? la perspectiva adictocéntrica ha reducido la experiencia de consumo de las personas a una patología individual, despolitizando el sufrimiento y descontextualizando las causas sociales del consumo de drogas. Que los programas respondan a enfermedades es una decisión política, ideológica y funcional al sistema capitalista. Al presentar el consumo de drogas como una enfermedad se individualiza su efecto y se pierde la causa, manteniendo cuerpos obedientes, enfermos, silenciados y medicados. Al hablar de enfermedad se invisibiliza el problema social de base que existe detrás, entonces la persona es el problema, invisibilizando sus condiciones de vida, la pobreza, la exclusión, el trauma o la violencia estructural que vive.
La enfermedad opera desde una estructura dominante que impone un discurso único sobre lo que es una “adicción” y quien es el “adicto/a” y cómo debe ser tratado/a o corregido/a, volteando en este último el castigo social, instalándolo como una figura peligrosa, enferma, desviada e incapaz de hacerse cargo de su vida. Entonces las herramientas para salvar a estos/as marginados/as están en la institucionalidad, específicamente en los programas que perpetúan la enfermedad, justifican los recursos económicos para tratamientos, generando un círculo que actúa desde la lógica de la mantención y no de liberación.
Si hablamos desde el concepto de problema, tendríamos que cambiarlo todo, observar no solo el consumo o sus causas, sino el contexto social que lo genera. Habría que dejar de controlar y eso es peligroso para el sistema capitalista, ya que tendría que reconocer la autonomía de los cuerpos y avanzar hacia la trasformación social, lo cual no está en sus proyectos, por eso es mejor que siga operando la lógica de la enfermedad.
